Acabando con el paralelismo, los Dead eran un grupo de directo. De hecho, sus mejores discos son directos como Live/Dead (1969), Europe 72 (1972) o Without a Net (1990). Y así desembocamos en los Youth y en esta reedición de su mítico Daydream Nation (1988). En vez de tirar por lo sencillo, Sonic Youth trata de que esta nueva aparición de su álbum permita una nueva valoración y compruebe la viabilidad actual del proyecto formado en torno a Daydream. Junto al álbum original aparece otro compuesto por versiones en directo de todas sus canciones. Al mismo tiempo, se lanzan a la carretera para ofrecer la versión viva y palpitante del Daydream Nation con una reproducción inmensa de la Vela (1983) del gran pintor alemán Gerhard Richter.
En su momento el álbum, que tuvo problemas de distribución, causó furor entre los enterados. A diferencia de los post-punks británicos, Sonic Youth no renunciaban al rock sino que trataban de mantenerlo como referente último y al tiempo subvertirlo, de una forma semejante a lo que la vanguardia del jazz había hecho con el blues en los 60. Esta aproximación es ya patente en el disco original. Las letras son otro ejemplo de cómo ir de lo concreto y cotidiano a lo prácticamente psicodélico.
La traslación de un disco que marcaba el camino para tantos desvaríos banales bajo la etiqueta de indie-rock a la inmediatez del directo es otra de las piezas en esta relectura «comentada». Sonic Youth la presenta alargando las piezas originales de Daydream dedicando este tiempo suplementario a pasajes instrumentales improvisados donde reina la distorsión de las guitarras, pero no sólo. Las digresiones instrumentales de los Youth tratan de tender un puente entre lo comercial-pop y lo experimental-pop, pero siempre manteniéndose dentro de esa pulsación del rock como vivencia.
El resumen de ambos discos, junto a la reacción que producen sus conciertos entre un público que hace veinte años apenas había nacido, es confirmar que resulta posible mantener hoy en día aproximaciones nacidas hace casi un cuarto de siglo. Pero no es fácil. Lo logran por talento, pero su originalidad consiste en algo muy complicado: aceptar la emulación radical de una larga lista de músicos que vinieron antes de ellos y trataron de edificar sobre esos mismos cimientos. Hablo de los Beatles, Dylan, los Clash, Hendrix o la Velvet? Sin despreciar cuanto han podido aportar músicos contemporáneos como John Cage o Charles Ives.
Pero ¡ojo! Sonic Youth no pretende entrar en ningún panteón erigido en ese «territorio protegido», ni, al contrario, tratar de revivir un éxito que tampoco fue inmenso. SY vuelve a probar que cualquier material es adecuado, que todo consiste en tratarlo con energía, inocencia, sabiduría y trasgresión. Y no hay por qué cargarles con el peso de ser los filósofos de la independencia: son un grupo de pop. Y uno puede confiar en ellos. Son grandes.


