Dicen que las flores son los órganos sexuales de las plantas; cuanto más grandes, aromáticos y coloridos, mejor. Paradójicamente, los seres humanos (que no somos abejas ni colibrís) valoramos más la exhuberancia sexual de las plantas que la de las damas. Un caballero bien dotado despierta la admiración de sus pares y el interés de sus vecinas, triunfando al mismo tiempo en el gimnasio y en el baile local. Aquellas féminas que florecen de manera excepcional y que no podan sus atributos a edades tempranas son castigadas con el horror de sus madres, el rechazo de sus parejas y, en casos extremos, la fama internacional como freaks del hardcore.
Parece, sin embargo, que este rechazo generalizado, más relevante en el mundo occidental que en otras culturas más civilizadas, tiene un punto intenso de homofobia. Aparentemente, muchos hombres se sienten incómodamente identificados con el comportamiento de cualquier botón del amor que crece hasta convertirse en una pera de agua y les apunta bajo la falda con tanta expresividad. Es como tener otro tio en la cama -se quejan algunos, como diciendo que entre tenerlo grande y ser travelo dista un quítame allá esas bolas y tecnicismo de nada.
Diríjanse hacia la luz que es roja y parpadea. Otros, sin embargo, agradecen que el botoncito -esa delicada cereza que nunca saben dónde encontrar- se manifieste con la claridad de una boca de metro y se materialice con sus caricias, en lugar de hacerse el estrecho bajo kilómetros de piel. Para algunos, cuanto más grande, mejor. Así hasta llegar a Jerome, un dramaturgo de Seattle que piensa que sería genial que una chila lo tuviera tan grande que te lo pudiera meter por el culo.
Independientemente de lo sospechoso que nos resulta Jerome, cuyo entusiasmo y razonamiento resultan, cuando menos equívocos, parece que las damas generosamente dotadas reciben, por el mismo precio, otros dones a considerar: un apetito sexual muy superior a la media y la capacidad -más bien masculina- de alcanzar el orgasmo en menos de lo que yo tardo en escribir zarzaparrilla. Eso, y la multiplicidad. Porque aunque rápidas y voraces, siguen siendo multiorgásmicas.
Eso no significa que las flores pequeñas, más delicadas y tímidas, deban dejarse de lado en beneficio de las demás. ¡Muy al contrario! Hay que combinarlas en grandes y frondosos ramos como muestran los expertos floristas porque lucen mucho más y mejor cuando están así todas juntas. Pero si, después de leer estos estimulantes testimonios, la vida no parece lo mismo sin una flor exótica que llevarse a la boca, la tecnología pone a nuestro alcance diversos métodos de riego (sanguíneo) para hacer crecer a la béstia, momentáneamente o para siempre jamás: bombeadores y esteroides.
Gracias Dario por los enlaces.


