Verguenza eterna caiga sobre el NASTI
12-05-07 José Manuel Costa
Elena, que estuvo en el frustradísimo concierto de Charlambides y poseida por una justa ira, ha elaborado el suceso un poco más. Se agradece mucho tener noticia de esta verdadera ignominia.
Jueves, 10 de mayo de 2007. Puerta del Nasti, Madrid, 24:00 horas. Nos disponemos a asistir a un concierto de Charalambides. Puerta cerrada, todo indica que el evento no va a empezar en los próximos minutos. De modo que vamos a tomar algo. Se toma algo sin prisas. Se vuelve al punto de partida, y ahora sí se puede entrar. Sala medio vacía, la gente está sentada en el suelo. En un rincón hay gente vestida como para salir en una revista de tendencias que parece estar en una sala de espera. Empieza a tocar el telonero, Morning Polaroid (de Barcelona pero venezolano, no se le entiende muy bien). Voz bonita, guitarra lisérgica, pero cierto sopor e impostura. Toca veinte minutos o media hora, hasta que le avisan que tiene que parar porque ya es tarde. Para, montan su set Charalambides. Empiezan a tocar. Primer tema: emocionante, sobrecogedor. Segundo tema: intenso, envolvente. Y de repente, frase abrupta de Tom Carter, que estrella su guitarra delante del escenario y da una patada al amplificador. Se van del escenario, empieza a sonar la música. Christina Carter desaparece con su voz para no volver. Estupor. Nos miramos las caras preguntando que sucede. Miriam se acerca a Tom Carter a preguntar que ha pasado. Ha pasado que dos de las personas de la sala de espera de tendencias, dos chicas con cortes de pelo idénticos, tenían que pinchar discos y tenían a una caterva de amigos esperando ansiosos. El concierto debía acabarse inexorablemente a la 1:30 para dar paso a esto. Más estupor, indignación. Les proponemos que toquen en nuestra casa, ya que están en Madrid. Miriam ha dejado de pagar su recibo el agua para verles. Dicen que puede ser. Luego se consultan y deciden que están cansados y que mañana han de viajar a Barcelona (donde suponemos que podrán tocar más). Nadie más dice nada, el promotor del concierto parece no existir, porque no se explica que pueda dejar que ocurran estas cosas. El público se va marchando como claudicación, demasiado perplejo (¿o quizás pasivo?) como para montar un motín. Asistimos con incredulidad a un lugar donde es más importante la música enlatada que la música viva.