Por Fernando Castro Florez
... mostrándose la complicidad o la tradicional representatividad territorial como únicos criterios, si es que tal palabra tiene algún sentido en estos derroteros curatoriales, también resulta que cuando las muestras están cimentadas conceptualmente el resultado es de una confusión superlativa.
2move. Movimiento doble. Estéticas migratorias es un ejemplo de ideas sin hechos, por emplear una fórmula propia de Marx en su 18 Brumario. Ahora no nos referimos, obviamente, a las Cortes de Cádiz sino a una tremenda acumulación de piezas de vídeo seleccionadas por Mieke Bal y Miguel Ángel Hernández-Navarro, esto es, por una de las teóricas que se ha convertido en referencia de los «estudios visuales» y por un joven y muy lúcido ensayista. De forma paralela a esta exposición se ha desarrollado en el CendeaC (la institución que en España está planteando el programa de Teoría e Historia del arte de mejor nivel) un seminario internacional dedicado también a la cuestión migratoria. Tras asistir al encuentro y ver en la sala de Verónicas la muestra de marras cobré conciencia de que se trataba de un enorme malentendido en el que se hablaba de estética, historia del arte, filosofía o antropología sin que se estuviera empleando rigurosamente alguno de los conceptos que esos campos del saber proporcionan. Lo más increíble es que la migración no parecía ser otra cosa que una movilidad que proporcionaba «emociones» que tenían que ser entendidas en sentido positivo. De una forma extremadamente mecanicista, esto es, anti-dialéctica se viene a sostener que el vídeo es la forma «natural» de dar cuenta de lo migratorio dado que las imágenes están en movimiento. Nuestro desarrollo tecnológico nos permite emprender el descarado archivo documental o, para ser más preciso, testimonial de las peripecias ajenas. Si ya Benjamin advirtió que no faltará un marginado sin un fotógrafo dispuesto a desplegar la mirada «compasiva», nosotros podemos añadir que la escenificación del drama requiere, en la cultura de la realidad convertida en show, del otro que a nosotros nos sirve para pulir nuestra impotencia teórica.
Ceguera etnocéntrica.
En un extenso, caótico y superficial ensayo en torno a la exposición, Mieke Bal viene a decir que utiliza el término estético en sentido laxo (no parece que pudiera ser de otro modo) y que cuando emplea «migración» no va a establecer distinciones con otros términos como exilio o diáspora ni quiere entrar en la cuestión de si las causas de esos desplazamientos son políticas o económicas y concluye afirmando que considera las huellas de la migración «todas juntas, como las huellas de los movimientos de la gente». Ese gesto de pasar por alto las diferencias es, en sí mismo, político y, no necesito abundar en ello, revela la profunda ceguera etnocéntrica para todo aquello que no sea lo mismo.
Guindas del pastelón.
Si el trazo grueso domina la «teorización» (por más que lo que podríamos llamar la «escuela de acólitos» de Bal recurra en una jerga de reconocimiento al barniz de las breves citas de Ranciere, Agamben y Nancy, sin que esas salsas les sean de mucho provecho), la práctica curatorial es el puro y simple desarreglo. La selección de artistas ha respondido a una lógica de la cercanía y así los artistas que utilizan el vídeo y estaban a la mano de los bien-pensantes han sido incluidos con todos los honores (un hermanamiento murciano-holandés sorprendente), luego tan sólo faltaba tirar de dos o tres nombres de prestigio (Hatoum, Kendridge o Biemann), como guindas de un pastelón. Algunas obras no hay modo de entender qué pintan (perdón por emplear esta expresión en un despliegue de pantallas tan exagerado) en el amplísimo o mejor vaporizado asunto de la migración.
Aprecio sobremanera la obra de Javier Pividal, pero no creo que sus coreografías en torno al sujeto tengan nada que ver con la verborrea que le cae encima como un traje estrafalario. La grabación que Célio Braga hace del triste rostro de su madre tras la muerte de su hija no me parece que sea oportuna para tratar de la experiencia del desarraigo contemporáneo salvo que nos pongamos en una posición melancólica o funeraria de un patetismo absoluto. Y Les petits riñes, de Conce Codina, con esos rostros juguetones no me parece que estén fundando ni siquiera esa «nanopolítica» extrañísima que los comisarios pretenden vender. El tono confesional y, por emplear un noción de Barthes, lo obvio domina esta saturada movilidad que acaso exprese el colapso y la incapacidad para desplazar el pensamiento más allá de lo obtuso.
Con todo, lo más lamentable es la inclusión de la mismísima Mieke Bal como «artista». Puede que considere que no hay en el mundo mundial otros creadores con obras que den cuenta del dramático conflicto de la migración con más pertinencia que ella que es, a fin de cuentas, co-curator de la cosa y puede hacer lo que le venga en gana. Su vídeo-instalación titulada Nothing is Missing es toda una declaración de principios: cinco monitores de televisión muestran a otras tantas mujeres de distinta procedencia que hablan sobre sus particulares experiencias como madres distanciadas de sus hijos y otros seres queridos; sentados en una «escenografía» de una cursilería manifiesta asistimos a la superposición de todas las voces y, finalmente, a la incapacidad para entender nada de lo que dicen.
Me pregunto si esas mujeres que rindieron, con la mejor de sus intenciones, testimonios de sus desgarraduras sabían que serían utilizadas para componer una cacofonía pretendidamente artística que Bal justificaría desde una estrategia «anti-autoral» en la que se pondría en juego «un sentido de performatividad». No todo vale para todo, aunque dada la ideología (falsa conciencia de la realidad) que en esta «obra» se manifiesta tampoco allí nos hemos perdido nada. No contenta con amplificar su ego como artista esta teórica vuelve a seleccionarse en compañía de Gary Ward, como parte de Cinema Suitcase, con el vídeo Un trabajo limpio que es un montaje de breves declaraciones de emigrantes afincados en Murcia que «puede verse más bien como un poema».
Impostura.
Resulta que lo que nos daría una idea de lo que podemos llamar cultura «migratoria» es este poema (sic) en el que los otros son palabras, rimas o encabalgamientos. En una comparación de la que no se puede salir fácilmente beneficiado, Miguel Ángel Hernández-Navarro compara esta exposición con el pasaje bíblico de Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo, solo que él y su cómplice «expandida» como artista actúan en la dirección opuesta, reintroduciendo el ruido del mercado que está enfrente de Verónicas dentro del lugar del que los rituales religiosos hace tiempo que desaparecieron. Tendrían que haber pensado que el otro, ese que es retratado impunemente, esos cuyos testimonios son «montados» en la impostura, no son el ruido y la furia de la idiotez, ni la mercancía del todo a cien. Da algo más que pena ver que la teoría se usa para maquillar la indiferencia ante lo peor.
lo vimos en SALON KRITIK


