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1 > José Manuel Costa
También podéis ver la opinión de Adrian Searle en
Si algo globalizado existe en nuestro planeta son las artes visuales. Prácticamente los mismos artistas se presentan en parecidos locales a lo largo y ancho del mundo, las «vías de acceso» son parecidas y no hay mayor diferencia arquitectónica o funcional entre una galería de Singapur y una de París, entre una bienal en Sydney y otra en Sao Paulo. El arte es homogéneo y los receptáculos aún más.
Para el espectador itinerante, profesional o no, la peripecia se acerca peligrosamente a los terrenos de un «déjà vu» bostezante. En este contexto normalizado, hasta los trabajos más rompedores aparecen castrados, definitivamente evadidos hacia esa realidad paralela que Antoni Muntadas describía algo melancólicamente como «el terreno protegido de las artes».
Pero hay salvación. Por ejemplo en China, más en Pekín que en Shanghai. Y, algo más cerca, en Berlín. En esos lugares la normalización se quiebra, la ciudad impone su personalidad y el arte se convierte en catalizador de situaciones peculiares, imprevistas, nunca repetidas. En la aventura urbana cargada de sentido que siempre debiera ser. Hoy hablamos de Berlín. Hace apenas dos años la Unión Berlinesa de Galeristas contaba con 280 miembros. El último cómputo se eleva hasta 400. Un exceso para una ciudad que no llega a los cuatro millones de habitantes y en la que, a pesar de los pesares, no ha logrado instalarse un «mercado» de nivel ni medianamente parecido a Londres, Basilea, Nueva York, Colonia o el mismo París.
No hay mercado, pero lo mismo sucede en Madrid (donde habrá unas 50 galerías). ¿Por qué, entonces, abren esos «negocios» que no hacen negocio? ¿Por qué en el curso de estos dos años el número de artistas residentes y con representación ha crecido hasta los 5.000? (a los que hemos de sumar músicos, escritores, diseñadores?). Y aún más, ¿por qué es ésta la ciudad de los mil proyectos expositivos alternativos y los mil espacios de artistas sin fines comerciales aparentes? ¿Por qué aquí el arte es más divertido, más emocionante? ¿Por qué Berlín es la ciudad, con mayúsculas?
La respuesta tiene que ver con una historia que se remonta a Dada o a Benjamin y con la ausencia actual de un término ubicuo: «Especulación Urbana». Berlín es, hoy por hoy, la capital más barata de Europa, sobre todo en lo que respecta a viviendas y locales. Esto permite que cualquier persona o pequeño grupo pueda alquilar, no sólo su piso, sino alguno de los cientos de espacios semiabandonados que existen por la ciudad. Pueden ser instituciones privadas como la NGBK ?en realidad una librería en la Oranienstrasse de Kreuzberg? que ha acogido (y acogía durante esta visita) exposiciones de arte avanzado de alto interés con una regularidad casi rutinaria. Lo mismo puede decirse de Sparwasser HQ. Y de bastantes más.
Espacios variopintos. Pero también abundan lugares de exposición alternativos que no tienen igual, ni en nombre ni en localización. Podemos pasar de un pequeño edificio más bien «costroso» que oculta «General Public» a «Future 7», en plena Alexanderplatz sobre el McDonald's. De «Jet», en una antigua tienda de rayos UVA, a la «Freie Internationale Tankstelle», en una gasolinera de 1928 (abierta sólo de mayo a octubre, porque el programa tiene lugar al aire libre). O llegarnos hasta una Oficina de Objetos Perdidos, donde Stephanie Pathor vivirá durante cinco años dando vida al personaje de Daria. Sin olvidar una representación ibérica de muy buen ver, la «Invaliden1», abierta por un grupo de artistas españoles (y un portugués), y cuyo trabajo expondremos en otro momento desde este suplemento. Porque, otro detalle, la historia en Berlín no es «alemana». Prácticamente, toda iniciativa acaba siendo plurinacional. Es la combinación de espacios vacíos, coste de vida bajo y comprensión municipal lo que permite la subsistencia de este fascinante entramado. La presión viene así de abajo arriba, no sólo en el arte, sino en la música, las performances, el cine...
Todo ello conduce a que la misma Bienal ?una de las más de cien que hay ya por el mundo?, se presente con otras maneras. Aquí no entramos en el non place de los espacios artísticos internacionales sino que recorremos un pequeño cementerio militar, una iglesia, una vivienda prefabricada estalinista, las caballerizas de una antigua destilería de cerveza y un fantasmagórico colegio para niñas judías que siguió funcionando en la RDA y cerró hace ahora once años. Espacios que se han dejado tal cual, con su carga histórica, simbólica y emocional. Estos lugares imprimen carácter y así, las Bombas Atómicas, de Bruce Conner (Crossroads, 1976) están situadas junto al antiguo laboratorio de Física (donde aún quedan restos de dos ilustraciones de centrales nucleares) y el The Lights Going On and Off, de Martin Creed, adquiere un sentido mucho más potente en los largos y leprosos pasillos del colegio que en la pulcra Tate Britain, donde ganó el Turner Price (2001).
Carácter vibrante. Son estos recorridos ciudadanos los que hacen personal y único el arte en Berlín, los que dotan a la escena de su carácter vibrante y producen muchas redes creativas, mil mesetas rizomáticas, por mencionar a los clásicos. Y también conducen a que no se entienda el arte como algo desgajado de la vida cotidiana. Las inauguraciones aquí suelen incluir performances más o menos interesantes, sorpresas surrealistas y música, música siempre? Hasta el extremo, casi ridículo, de que una (gran) exposición tan clásica como Melancolía, de la Neue National Gallerie, se vea en la obligación de montar sus Noches de Club con DJ?s de dance que no parecen nada melancólicos.
Acción local. En Berlín el arte no se encuentra en ese «espacio protegido» de Muntadas, entre otras razones, porque ni el mercado ni las instituciones locales tienen medios para proteger gran cosa, de forma que la única actitud posible es apoyar los modos de acción locales, favorecer la constitución de esas redes y de esa autogestión que sitúan al arte en la calle. Es un arte a la intemperie, como esa fantástica serie fotográfica sobre el desierto de Australia que Christoph Balzar había colgado muy pulcramente en un muro de la Auguststrasse. Y es que, como dice el músico The Bug (Techno Animal): «Berlín ofrece lo que Londres promete. 24 horas al día». Arte y Vida, ese antiguo sueño.
Un drama mal resuelto
Juan Antonio Alvarez Reyes
A una pregunta de Nancy Spector sobre qué hay de diferente en esta bienal, Maurizio Cattelan ?comisario, junto a Ali Subotnick y Massimiliano Gioni?, responde que han querido hacer una muestra sin trampas, sin trucos, la «exposición que nos gustaría ver». El comentario, nada más empezar y para dejarlo claro desde el principio, es que puede que no haya demasiados trucos (en el estilo de los que acostumbra el propio Cattelan en su producción artística), pero desde luego no es la «exposición que nos gustaría ver». Es más, tampoco es la «exposición que nos gustaría ver» para la Bienal de Berlín y, ni siquiera, la pertinente en estos momentos.
A la pregunta de «¿por qué estás aquí?», en la guía berlinesa Zitty, Hito Steyerl contestó: «Que muchos de nosotros estemos aquí es un productivo efecto secundario de la continuada crisis (financiera) de esta ciudad». Sin embargo, esta bienal, a diferencia de sus predecesoras, obvia el contexto y eso que uno de sus lemas es la calle donde se encuentran las diferentes sedes: Auguststrasse.
Sin sustancia. A este aspecto, que podría haber sido la seña de identidad de esta edición, no se le ha querido sacar todo el jugo posible. Los diferentes edificios, ya sean una escuela femenina judía, un cementerio, una iglesia, unas oficinas o diversos apartamentos ?además del Kunst Werke, que ha sido el iniciador y alma de estas bienales?, van conformando un recorrido por una calle con una importancia en el arte contemporáneo no muy alejada en el tiempo. Sin embargo, pese al texto en el catálogo que analiza su historia, ésta es prácticamente obviada, sus vecinos no son relevantes (sólo quizás por su ausencia, motivo éste que debería ser objeto de reflexión, el del autismo de muchas prácticas y reflexiones artísticas) y el paseo de los visitantes por sus aceras tampoco, a pesar de que los comisarios, según sus palabras, han querido hacer «una especie de arqueología de lo cotidiano». Es decir, la elección de la calle parece dedicada a la comodidad que supone para el foráneo el no tener que desplazarse demasiado... lo que se agradece en una ciudad con distancias tan largas, pero que debería haber supuesto algo más en la investigación del lugar y en las causas de su elección.
En un paseo por la calle quizás convenga empezar por el final, por el cementerio en el que reposan los sonidos de Susan Philipsz o las cacofonías del Palacio de Linares, en versión vídeo animado de Jorge Queiroz. Otra parada necesaria es la Gagosian Gallery, el proyecto que ha estado funcionando con antelación a la bienal y que, junto a la publicación Checkpoint Charley o las inserciones en la prensa alemana, ha constituido el más allá de esta manifestación y seguramente sus mayores aciertos. En la exposición coincidente con la inauguración, titulada Happiness, participaba la única artista española: Tere Recarens.
En un contenedor. Más abajo, en un contenedor, Eric van Lieshout muestra, con su estilo desenfadado y gamberro, su viaje por Alemania, mientras, en un salón de baile, Tino Sehgal preparó una continuada performance de una pareja que muestra su amor mediante una danza. En el Kunst Werke, se exhiben desde la instalación Rats and Bats (1988), de Bruce Nauman, hasta Drunk (1999), de Gillian Wearing, pasando por U-ni-ty (1991-1994), de Michael Schmidt, sobre las décadas de la división de Alemania. Sin embargo, sería el proyecto en vídeo de Clement von Wedemeyer, uno de los artistas más destacados de la actualidad, el más jugoso. El espacio expositivo mayor, una antigua escuela judía para niñas enfrente del KW, tampoco deparó muchas «alegrías». Aunque con algunas excepciones como las de Thomas Bayrle, Bruce Conner, Tacita Dean (con un filme reciente), Natalie Djurberg (cuyas animaciones se pudieron ver en Rekalde), Anri Sala o Diego Perrone, todo conjugado con obras de artistas como Tadeuz Kantor, Francesca Woodman o Paul McCarthy.
En este sentido, esta cuarta edición se aleja sobremanera de la anterior, la comisariada por Ute Meta Bauer, que tantas críticas negativas cosechó en la prensa alemana, pero que tan interesante y fundamentada era. O, también, de la primera ?comisariada, entre otros, por Nancy Spector? que quiso poner de manifiesto la efervescencia artística y cultural de la nueva capital alemana tras la reunificación priorizando a sus protagonistas. Quizás haya una mayor similitud, aunque tampoco demasiada, con la segunda de Saskia Bos. La gran diferencia con ésta, además de lo temático y el hincapié que se puso en lo relacional, es el diferente interés entre ambas de los artistas seleccionados y la calidad de las obras escogidas. Si en la precedente hubo artistas y obras tan interesantes como las presentadas por Fiona Tan, Anri Sala, Kultug Ataman, David Claerbout, Surasi Kusolwong.... ahora la nómina no es que sea sólo más reducida, sino que también muchas de las piezas escogidas son antiguas, de años anteriores... algo no muy habitual porque son ya bastante conocidas para cualquier aficionado.
Sin nervio y triste. ¿Necesidades del guión? Ni tan siquiera, puesto que otras piezas pudieran haber sido las seleccionadas. Todos estos aspectos negativos hacen no sólo que sea una bienal casi sin nervio y triste, sino además con poca enjundia. Tiene, por supuesto, un nivel en general correcto, pero en la competición en la que se haya el mundo bienalístico, queda claramente rezagada ante otras celebradas en el último semestre (principalmente, frente Estambul, pero también, la del Whitney).
El título elegido por la tríada de comisarios es De ratones y hombres, tomado de la novela de John Steinbeck de 1937. La melancolía, la soledad... están muy presentes en esta exposición salpicada a lo largo de una calle con alegorías de la vida como: «naces, vives y mueres». Y así resumen los comisarios su esencia, que está salpicada de saltos y caídas. En este sentido, lo levemente trágico y cierto dramatismo existencial dominan muchas piezas escogidas «por afinidades» y no «para ilustrar un concepto específico», lo que produce una ambigüedad y un tono gris casi plomizo, como el de un drama no bien resuelto. De animales como hombres y de hombres como animales. Así lo ve Cattelan: lástima que no se hayan valido para esto con mayor profusión de uno de los mejores (y más productivos en la actualidad) medios para narrar esas fantasías: la animación.
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