Santayana-Lowell, cartas del viejo filósofo al joven poeta
12-03-06 de verbo ad verbum
El filósofo George Santayana (Madrid, 1863-Roma, 1952) pasó en la capital italiana los últimos once años de su vida. Recluido en la Clínica de la Pequeña Compañía de María de Roma, era ya un hombre célebre por su obra filosófica, novelística y poética, y muchos escritores dieron con su paradero a pesar del aislamiento. Uno de ellos fue el poeta estadounidense Robert Lowell, quien en 1946 le envió un ejemplar de Lord Weary?s Castle, por el que recibiría el Premio Pulitzer de Poesía al año siguiente. Santayana, siempre afable y generoso, le contestó de inmediato. Comenzó así una amplia correspondencia que terminó en marzo de 1952, pocos meses antes de la muerte del filósofo. El Instituto Cervantes de Roma publicará en las próximas semanas en español, inglés e italiano una antología de las cartas inéditas que Santayana dirigió a Lowell. En ellas se ponen de relieve los tres aspectos más relevantes del epistolario: la intensa relación personal entre el viejo filósofo y el joven poeta; el interés de Santayana por comprender la poesía moderna; y la generosidad con la que conduce al poeta al corazón de Europa y el Mediterráneo. He aquí dos de las cartas más significativas:
VIA SANTO STEFANO
ROTONDO, 6
Roma, 14 de enero de 1949
Querido Lowell:
Su carta del 5 de enero está llena de cosas que me alegra conocer. En primer lugar que T. S. Eliot publicará una selección de sus poesías, sin duda con una introducción halagüeña. Él es el Matthew Arnold del siglo XX, y esta cortés atención suya le confirmará a usted como el más interesante de los poetas americanos (siendo él mismo, por supuesto, el más importante); y no sé porqué digo americanos, porque ahora, tras la muerte de Paul Valéry, no veo ningún otro poeta interesante en ningún país. [?]
Estoy de acuerdo con usted sobre todo lo que dice respecto a la curiosa relación personal que se ha establecido entre nosotros, sin habernos visto nunca. Mi filosofía no es urgente ni «militante»: uno se las puede arreglar sin ella perfectamente, pero se encuentra una plácida solidez al final en ella. Y no me urge entender la poesía moderna, salvo la suya, a causa de algunos rasgos muy especiales que me atraen profundamente, como el haber probado con el catolicismo, sin haberse detenido en él. Y mientras algunos versos suyos son difíciles, no son malos ni torpes, como lo son muchos de los batiburrillos de sus amigos.
Claro que si usted viniera aquí y tuviese ganas, podría enseñarme a entender las intenciones de muchos fragmentos «crípticos». ¿Pero vale la pena? La materia no es de dominio público, como ocurre con Shakespeare o con los poetas latinos. Captar las «asociaciones ilógicas» de sus mentes personales no me enseñaría nada pertinente, ¿no es así?
Además, soy muy viejo para aprender o por lo menos (como me dijo una vez un profesor de italiano) soy demasiado viejo para recordar las cosas que aprendo. No es por eso por lo que espero que usted venga a verme un día, sino porque siento que usted tiene una especie de fuerza y de experiencia que yo no he tenido nunca, pero que he admirado en algunos de mis amigos, en especial en Russell (el hermano mayor de Bertrand), y que me ha llevado a ponerme en contacto con una poderosa corriente de la naturaleza, el élan vital, que me estimula sin suscitar la menor envidia. Deseo mi filosofía pagana e india sólo para mí; pero prefiero una fuerza impetuosa en los demás. Usted se despide con un «afectuosamente», lo que me proporciona un gran placer y confianza en usted. Pero hasta ahora no es exactamente afecto lo que siento hacia usted sino una especie de confianza a pesar de la incertidumbre. No puedo contar con vivir todavía mucho tiempo, pese a que esté muy bien para mis años. ¿Qué hará el próximo verano si acaba su poema? Tendrá que ser en América, donde veo que usted está teniendo interesantes y fructíferos rencontres. Determinará el apogeo de sus recientes aventuras allí. Pero después de haberlo hecho, ¿una temporada en Europa no sería un cambio placentero e ilustrativo?
Haga el favor de considerarse invitado a pasar un mes conmigo aquí, cuando le parezca mejor. Todos los meses, de abril a noviembre inclusive, son agradables aquí, si a usted no le importa el sol fuerte o si no lo desea evitar, lo que es relativamente fácil en Roma. Hasta ahora he pasado siete veranos en esta casa si no suntosamente, sí por lo menos confortablemente, porque estoy todo el día en pijama. Pero no es a esta casa a lo que le estoy invitando. Como ya le escribí, éste no es lugar a propósito para los huéspedes [...]. Le puedo proveer fácilmente de fondos para su estancia en un buen hotel, y también, si lo necesita usted, para su viaje desde América y su regreso allí. Pese a que vivo con sencillez, tengo dinero en abundancia, al alcance de la mano tanto aquí como en América. De modo que no aplace el viaje por razones económicas, si es eso de lo que se trata. Tome en consideración sólo su trabajo y sus inclinaciones, y recuerde que no volverá a ser joven y no puede no haber visto las partes más interesantes del mundo [...].
G. S.
VIA SANTO STEFANO
ROTONDO, 6
Roma, 26 de enero de 1949
Querido Lowell:
Que usted hubiese aludido a las Columnas de Hércules al hablar de su posible viaje a Europa, parece una forma de telepatía, porque había estado dudando si mencionárselo o no al escribir mi última carta. Pero ahora que entiendo mejor cómo le van las cosas: que no terminará su poema, que no se moverá de América antes del otoño, y que piensa venir para dos años, mi razón para insistir respecto a las Columnas de Hércules se refuerza. Si un hombre ya experimentado y poeta de talento como usted viene a Europa por primera vez y desembarca en Inglaterra, su impresión acerca de ese país será de extrañeza y pequeñez, y de alguna forma le molestará su diversidad respecto a los Estados Unidos; y le hará falta tiempo, que quizá no desearía emplear allí, para sentir su encanto. Si por el contrario usted surcase las aguas del estrecho de Gibraltar (y el barco haría escala allí probablemente, de modo que podría «llevarse» consigo la Roca, el puerto, y la costa española, lo mismo que las estribaciones del Atlas en la orilla africana), le produciría una impresión de grandeur [...].
Todo lo cual se potenciaría si usted se detuviera en Gibraltar, para luego ir desde allí a Tánger y quizás adentrarse por el interior de Marruecos. No sé si las cosas han cambiado profundamente desde que fui a Tánger en 1893; pero entonces Tánger era primitiva a más no poder, los moros completamente morunos, camellos, borriquillos y ovejas que yacían sobre la tierra desnuda de un vasto mercado entre cántaras de vino y, sobre una roca que sobresalía en un rincón, un contador de historias que, como Homero, recitaba a intervalos a un público desperdigado y todo él sentado en el suelo. Estaba repitiendo, me dijeron, antiguos relatos caballerescos, como el Poema de Mío Cid. No le diré más: pero era todo tan remotamente no cristiano, salvaje, y sin embargo instituido y solemne como en el Viejo Testamento. Si en lugar de ir a Marruecos, usted hiciese una pequeña escapada por España, el escenario, es decir, Ronda, Cádiz y Sevilla, sería menos vetusto pero tan incomparable respecto a cualquier otra cosa de América como la propia África. Podría no gustarle lo que ve, pero no lo consideraría, como Inglaterra, una variante irracional de las cosas que ha dejado en casa, y por lo tanto irritante. Aunque usted fuera directamente a Génova o a Nápoles, su primera impresión sería la de un Mediterráneo azul y plácido, con calles y casas que descienden hacia el litoral, y los modales y colores de un mundo hermoso. Si usted prosiguiera hacia Roma, Florencia, Milán y Venecia, se iría sintiendo mejor al apreciar las glorias del arte y de la naturaleza, y hoy en día difícilmente sentiría que está socialmente entre bárbaros. En ciertos momentos, en ciertos lugares, usted sentiría exactamente lo contrario.
Si luego desde Italia usted se dirigiera hacia Suiza, París, y tal vez Flandes, podría quedar seducido por el orden y la precisión de las cosas, y por su placentera calidad, como los suculentos manjares y los refinamientos en las artes y las maneras. Si luego desde allí se dirigiera por fin a Inglaterra, usted exclamaría en Dover: ¡casi como en casa! Inglaterra entonces no tendría excusas que presentarle por no ser suficientemente americana, y le podría parecer, especialmente si fuera al campo, uno de los lugares que más perfectamente te hacen sentir como en casa, más que ninguna otra cosa desde los tiempos de la antigua Grecia, a escala humana, clemente, tranquila y amistosa.
Venga a toda costa si le es posible por las Columnas de Hércules, deje que Europa le penetre en orden cronológico, sin compararla nunca con América [?].
Espero estar todavía aquí a su llegada. La cuesta de este invierno parece que ya ha quedado atrás y yo me siento muy bien.
Cordiales saludos
G. Santayana.
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El lago y la tormenta
por Juan Malpartida.
No podrían haber sido más distintos e incluso opuestos, pero quizás por ello mismo mantuvieron, durante varios años (1946-1952), una intermitente correspondencia cuyo detonante fue el envío de Robert Lowell a George Santayana ?que residía en Roma desde 1920? de su poemario El castillo de Lord Weary. Lowell tenía veintinueve años; Santayana, ochenta y tres.
El poeta norteamericano, nacido en Boston en 1917, tuvo una vida marcada por los desequilibrios anímicos y espirituales, por un temperamento impulsivo y, al mismo tiempo, lúcido. Hizo de su obra poética un doble de sus procesos psíquicos pero también de sus vivencias, y no sólo de las suyas sino de sus familiares y poetas de su generación (Berryman, Jarrell, Bishop, Auden y otros): muchos de sus poemas son verdadera poesía de la experiencia, una puesta al desnudo de su corazón que llegó a ocasionarle no pocos quebraderos de cabeza. Lowell estudió en Harvard, donde lo había hecho otro hijo ilustre de Nueva Inglaterra, T. S. Eliot, teniendo entonces el autor de La tierra baldía como profesor al mismo Santayana. Tras una crisis religiosa, se convirtió al catolicismo, como Eliot, radicado en Londres, al anglocatocilicismo. Contrajo varios matrimonios de los que tuvo dos hijos, pero todas sus relaciones acabaron mal, y tanto de sus tribulaciones con la religión como con sus mujeres dio testimonio en buena parte de su obra, a veces en un tono moral que encontraría excesivo Seamus Heaney y que Octavio Paz puso más del lado de la biografía que de la poesía. De todo ello hay buena muestra desde Estudios en directo (1959) a su último libro, Día a día (1977). Maniaco depresivo y alcohólico, ni la religión ni la poesía lo salvaron de la pérdida de sentido y de sus fantasmas familiares. Lowell murió de un paro cardíaco en Nueva York en 1977, mientras se dirigía en un taxi a casa de su ex mujer.
Desarraigo afectivo. De padres españoles, George Santayana nació en Madrid en 1863 y fue educado, tras salir de Ávila en 1873, en Boston. Sin duda vivió, como Lowell, un fuerte desarraigo afectivo materno. Además de en Harvard, realizó estudios en Berlín y pasó temporadas en Londres, Ávila y por supuesto en Roma, donde falleció en 1952. Fue católico sin creencia, es decir: culturalmente, por tradición; pero era filósofo de la única manera posible, por su búsqueda personal, ajena a todo absolutismo o apriorismo (lo absoluto no es asequible), aunque rozó cierto fatalismo conservador y reaccionario. A veces se consideró el último victoriano por su gusto por el pasado como algo vivo en el presente.
El último puritano. Tuvo horror al utilitarismo y a la creencia en el progreso, y su desconfianza ante la democracia lo acercó por momentos al fascismo. Pero no fue nacionalista sino un extranjero errante, alguien que se había elegido a sí mismo tras disipar previamente la realidad en beneficio de lo imaginario. A diferencia de Lowell, no se casó nunca ni tuvo hijos, además de sumir en el misterio su sexualidad. Fue un hombre reservado respecto a su intimidad, aunque de manera indirecta (es decir, sin realismo o código ideológico) dijo mucho de su vida, como es manifiesto en sus espléndidas memorias Personas y lugares y, de otra manera, en la novela de corte autobiográfica El último puritano. Bertrand Russell dijo de él que su intimidad era igual a sus libros.
Santayana pensó que «estamos condenados a vivir dramáticamente en un mundo que no es dramático» y por lo tanto vemos creación y destrucción donde sólo hay continuidad. Quizás Lowell percibió en Santayana algo de esto, como a su vez el autor de Los reinos del ser vio en el controvertido poeta una expresión de una «experiencia que yo no he tenido nunca, pero que he admirado en algunos de mis amigos» (14.1.1949). El élan vital de los otros le era necesario a este estoico filósofo naturalista que buscó el equilibrio en la piedad y el desprendimiento, matizado todo por una sutil ironía. Robert Lowell fue pacifista (se negó a participar en la Segunda Guerra Mundial y se opuso a la guerra del Vietnam); Santayana vivió más allá de la historia: durante la Segunda Guerra, el viejo asceta pasaba sus horas ajeno a todo lo inmediato, redactando sus memorias en la clínica-convento de la Pequeña Compañía de María en Roma. Santayana no fue un buen lector de la poesía de su tiempo, y la generación del medio siglo norteamericana difícilmente le podía gustar o formar parte de su imaginario; pero vio en cambio en Lowell un caso auténtico: ajeno a él pero a quien deseaba comprender.
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