Flaubert es ejemplar por la estricta división entre sus escritos públicos y los íntimos. Sus novelas son construcciones objetivas que se despliegan en ausencia del autor; sus cartas son un lugar de manifestación de opiniones y exposición de sentimientos. Pero ambos mundos no estaban separados por el vacío sino conectados. Parte de la estrategia literaria de Flaubert fue la de tratar su correspondencia como un desbordamiento, una salida que purgaba el yo intruso y ayudaba a liberar la ficción hasta alcanzar la impersonalidad. Tres años antes de que se publicara Madame Bovary, dijo adiós, en una carta dirigida a Louise Colet, a «lo personal, lo íntimo, a todo lo relacionado conmigo». El «viejo proyecto» de escribir sus memorias quedó entonces abandonado: «Ya no me tienta nada personal».
Esto hace más fascinante el gran torrente que tenemos: las incomparables cartas, además de las notas de viaje y los Cahiers Intimes de 1840-41. Estos fueron la respuesta de Flaubert al comentario del doctor Jules Cloquet, que cuidó de Flaubert durante un viaje por los Pirineos y Córcega que hizo a los 20 años. Cloquet le aconsejó que anotara «todo lo que conociera», lo sellara, y guardara el sobre durante 15 años. El médico aseguró a su pupilo que cuando a los 35 volviera a abrirlo, descubriría «un hombre diferente» de aquél en el que se hubiera convertido mientras tanto.
Nadie sospechaba que esta técnica del sobre cerrado había tenido más de una salida, hasta que en 1999 Matthieu Desportes publicó Heures d'autrefois, las memorias de la sobrina de Flaubert, Carolina Franklin Grout. En un apéndice se reúnen transcripciones de las notas de trabajo de Carolina. Recuerda que, en momentos de extremada emoción, su tío sentía la necesidad de anotar sus impresiones y dejarlas selladas. Enumera tres ocasiones: las muertes de Alfred Le Poi-ttevin y Louis Builhet, «y creo que también la muerte de su hermana».
Hallazgo. Esta última pieza, si llegó a escribirse, no se ha encontrado; pero para asombro y placer de los flaubertianos, las otras dos, necrológicas íntimas de los dos amigos más cercanos de Flaubert y sus compañeros literarios más queridos, han sido descubiertas. Formaban parte de un dossier de seis fragmentos preparado por Carolina F. Grout para una publicación que nunca tuvo lugar; están escritas a mano por ella, y los originales de su tío permanecen aún perdidos. Con frecuencia se publican adiciones a la correspondencia de Flaubert; pero éste es el hallazgo más importante desde que Bruneau publicó el Conte oriental en 1973. El dossier se dispersó después de la venta de las posesiones de C. F. Grout en 1931, y desde entonces han aparecido y se han publicado dos de los seis fragmentos originales. Los otros cuatro los presentan Desportes e Yvan Leclerc (Vie et travaux du R. P. Cruchard et autres inédits, Universités de Rouen et du Havre). Son de diferente categoría. La más genial y predecible es la pieza Vie et travaux du R. P. Cruchard, enviada a George Sand en 1873 y cuya existencia estaba ya documentada. Es una falsa biografía de uno de los muchos álter egos cómicos de Flaubert. [...]
Bal donné au Czar no sólo es inédita, sino insospechada. Son las notas que Flaubert tomó, en junio de 1867, después de asistir a un baile ofrecido en las Tullerías por Napoleón III en honor de Alejandro II de Rusia y Guillermo I de Prusia. El engreimiento burlón con el que Flaubert comunicó esta invitación a Carolina en una carta [...] indica que era consciente de la condición del artista en tales ocasiones: un elemento secundario del decorado de la mesa. [...]
Pero las dos piezas clave del dossier son las necrológicas íntimas: atractivas en sí mismas, pero también cuando se unen a las cartas en las que Flaubert describe los mismos sucesos a Maxime Du Camp (su tercer compañero literario importante, y el único que lo sobrevivió). Por sí solas, las cartas a Du Camp son tan impulsivas como cabría esperar de su autor [...]. Pero comparadas con las notas selladas de Flaubert [...], las cartas equivalen casi a una interpretación; en cualquier caso, algo bien expresado y conscientemente escrito. Transmite a Du Camp lo que hay que transmitir: quién hizo y sintió qué, cómo se desarrollaron los acontecimientos, qué salió mal, qué cosas grotescas enturbiaron su solemnidad.
Lo que ocurrió. En cambio, las notas transmiten lo que ocurrió; es decir, todo aquello que pasó y excitó los sentidos del novelista, todas las partes de relleno triviales, necesarias y molestas que acompañan a los días de muerte [...]. Y tampoco es la simple adición de nuevos detalles: hay discrepancias menores pero significativas entre los relatos paralelos. En la necrológica íntima, Flaubert señala que durante su vigilia percibe desde la profundidad de los bosques circundantes «la dulce y lejana llamada de un cuerno de caza». Este detalle sí se lo transmite a Du Camp en su carta; pero mientras que en privado indica que la lejana llamada del cuerno se produce a las «11», a Du Camp le dice que se produjo «a media noche». [...]
La despedida de Bouilhet que sella unos 20 años después contiene igualmente muchos detalles añadidos [...]. Pero hay una diferencia tanto de tono como de material. El relato que envió a Du Camp estaba pensado para consolar a su destinatario: su amigo había experimentado una muerte buena, valiente y sin religión, y había tomado las decisiones adecuadas sobre cómo hacerlo. El obituario muestra mucho más el pánico del dolor experimentado por Flaubert, mientras que a quien intenta consolar aquí es a sí mismo. Como señala Leclerc, al enterrar a Le Poittevin, Flaubert estaba enterrando su vie de garçon; con Bouilhet anticipaba su propia muerte (y el parecido físico entre los dos amigos debió de suponer una espeluznante visión preliminar). Y si bien en ambas necrologías las emociones mostradas son menos literarias que en las cartas, las notas sobre la muerte de Bouilhet revelan una nueva evolución: el temor a la emoción. En 1848, el joven tomó el hediondo cuerpo de Le Poittevin en sus brazos, como un escritor lúcido (aunque inédito) que abraza y examina lo peor de la vida. Pero en 1869 el Flaubert que se acerca a la vejez no soporta ver a Bouilhet muerto, y espera hasta que cierran el ataúd.
Estas notas dispersas, apresuradas, no sólo amplifican el estado mental de Flaubert; también contienen nuevos datos biográficos. Es un hecho conocido que Flaubert consideró el matrimonio de Le Poittevin, en junio de 1846, como un acto de traición, tanto a él personalmente como a los principios artísticos que compartían. En la acertada expresión de Leclerc, fue un caso (en opinión de Flaubert) de «suicidio mediante el matrimonio». Lo que no se sabía es que Le Poittevin no entró en el matrimonio en un estado de ciego engaño sentimental. Unos días antes de la boda (a la que Flaubert parece no haber asistido), le entró tal pánico que le sugirió a su amigo Boivin «largarse» juntos.
Las páginas sobre Bouilhet resultan aún más sorprendentes desde el punto de vista biográfico. Flaubert y Bouilhet intimaron en agosto de 1846, dos meses después del alevoso matrimonio de Le Poittevin. Bouilhet fue el inflexible apoyo literario de Flaubert, su brújula intelectual; además, fue su compañero de diversión, y con él desarrolló el mundo eclesiástico de fantasía habitado por el reverendo padre Cruchard. La historia siempre los ha situado en la lista de compañeros a los que sólo la muerte podía separar. Pero ahora se ha sabido que, tres años antes de su muerte, Bouilhet también abandonó a Flaubert. De acuerdo con la necrológica sellada, Bouilhet cambió «de humor, personalidad e ideas», se volvió estrecho de miras, provinciano, remilgado y avaro. El placer de la lujuria, que Flaubert seguía considerando saludable y cómico, a Bouilhet se le antojaba ahora infantil y repulsivo. Desarrolló «todos los síntomas morales de la vejez». Se negaba a visitar Croisset y empezó a censurar a Flaubert, en especial las actividades mundanas de sus amigos.
Quema de cartas. Ambos amigos se reconciliaron hacia el final, y Flaubert pudo escribir que había «redescubierto a su Bouilhet tout entier»; pero el alcance de su separación nunca se había insinuado antes. O si se había insinuado se interpretó mal: cuando Flaubert le dice a Du Camp, en su carta de duelo, que el Bouilhet que había vuelto a Rouen para morir había «cambiado por completo respecto al hombre que tú conociste», la mayoría de los lectores suponía que no se trataba más que de una catastrófica decadencia física. Ahora entendemos el significado más profundo de la frase.
Pero hay algo peor: la repentina respetabilidad de Bouilhet le indujo a quemar muchas de las cartas de su amigo. Y tampoco fue el primer incinerador: Flaubert recuerda aquí que dos décadas antes «Alfred también desarrolló la manía por el auto de fe». Esto explica la triste desproporción en la correspondencia: 40 cartas de Le Poittevin a Flaubert, pero sólo 15 en respuesta. El vandalismo de Bouilhet es mucho mayor: 523 de sus cartas a Flaubert sobreviven, frente a sólo 86 en el sentido opuesto. Y tampoco sirve de gran consuelo que la irritación de Flaubert ante la conducta de su amigo tenga un tinte de prolepsis: una década después, este particular «síntoma moral de la vejez» también lo atrapó a él. Encendió dos piras: una en 1877, en la que destruyó las cartas que le envió de joven Du Camp y otra en 1879. Cuando se descubrió por primera vez el esplendor de la correspondencia de Flaubert y lo incompleta que estaba, se supuso que Caroline F. Grout, la albacea literaria, habría sido su destructora.
Encajaba en un paradigma biográfico: el de la descendiente avergonzada que protege la reputación de la familia. Pero existe un paradigma igual, el del artista envejecido que limpia por adelantado su propia biografía. Caroline era sospechosa de haber quemado las cartas de Louise Colet; ella lo negó, pero hasta que Hermia Oliver publicó Flaubert and a English Governess no fue defendida hasta la práctica exculpación. Los destructores de cartas resultan haber sido los sospechosos obvios, los primeros destinatarios: Le Poittevin, Bouilhet y el propio Flaubert.
Cada vez más, el cuidado que Caroline dio a la propiedad literaria de su tío se puede considerar honorable, y prueba de ello es que estos cuatro nuevos textos han sobrevivido.