La empatía necesaria
09-01-06 de verbo ad verbum
Necesitamos líderes empáticos, personas capaces de espolear organizaciones enteras, de sacar lo mejor de cada trabajador para lograr un objetivo común.
por Gustavo Piera
Consejero delegado de TMI España-Grupo CMR.
La empatía es la habilidad de reconocer o sentir las emociones de los demás. Su origen etimológico es la palabra griega empatheia, que significa emoción interior y que originariamente se utilizaba para describir la habilidad de percibir experiencias personales de otras personas. Precisamente la empatía es considerada por muchos psicólogos como el mejor índice para medir la inteligencia emocional de las personas.
Un término de nuevo cuño y terriblemente actual que aún está muy poco introducido en el mundo laboral. No es habitual encontrarse con ejecutivos conscientes del coste que tiene para su organización la falta de personas con esta habilidad.
A partir de los años ochenta comenzó a entrar en crisis el liderazgo de las organizaciones basado en una jerarquía rígida, el miedo y la concepción de la empresa como una selva en la que sólo se premiaba al más fuerte.
Hasta entonces, los valores requeridos por las organizaciones estaban bastante cerca de los que conocemos como personas emocionalmente sordas o, lo que es lo mismo, con una profunda falta de esta clase de inteligencia: personas que no atienden sus propias emociones; que, lógicamente, no tienen en cuenta este aspecto en quienes le rodean y que se sienten muy incómodas cuando otro les confiesa algo de su vida emocional.
Si esta falta de empatía la lleváramos al extremo, tendríamos una patología que subyace en perfiles de psicópatas y personas violentas. Son incapaces de sentir el dolor de sus víctimas y siempre las culpan de haberlos impulsado a cometer su crimen. Por desgracia, más de un trabajador clasificaría en este apartado a su jefe...
En la recta final del siglo pasado y en el recién estrenado, nos hemos acostumbrado a escuchar que hemos entrado en la sociedad de la información, que vivimos en un mercado global y que el paradigma de la empresa ha cambiado. Pero, ¿somos conscientes de las implicaciones de esta nueva economía, intensiva en conocimiento y en innovación?
Destacaremos sólo dos:
1. El volumen de conocimiento es ingente y se renueva con tal rapidez que es necesario aprender a aprender y hacerlo en red, compartiendo el saber para buscar soluciones creativas.
2. En consecuencia, el cambio de paradigmas es tan rápido, que es fundamental tener personas que sepan adaptarse a la transformación continua y tomar la iniciativa.
Resulta evidente que lo que necesitamos son personas que aprecien riqueza en la diversidad; que sepan establecer redes de contactos efectivas para su trabajo y, por lo tanto, capaces de sintonizar con los sentimientos de los demás; y que manejen de manera constructiva los desencuentros y las novedades para alentar el desarrollo del equipo. Sencillamente, personas empáticas.
Y si podemos estar de acuerdo en que éstos son los valores fundamentales de los trabajadores en una economía intensiva en conocimiento, no se nos puede escapar que el factor clave será que los ejecutivos tengan estas mismas habilidades. Necesitamos líderes empáticos capaces de espolear organizaciones enteras, de sacar los mejor de cada trabajador para colaborar en pos de un objetivo común.
En definitiva, para ejercer el liderazgo personal, no hay mayor talento que la capacidad de comunicación. Un director debe ser capaz de dar a conocer sus ideas y a su vez entender las de los demás. Pero no puede obviar que somos un entramado de pensamientos y sentimientos, y que la parte afectiva juega un papel decisivo en nuestras actitudes tanto en el trabajo como fuera de él. Sólo así será capaz de sacar lo mejor de cada uno de sus trabajadores y de aumentar su satisfacción laboral, lo que necesariamente repercutirá en unos mejores resultados.