Por Elisa Campos
La producción crítica sigue en estado crítico. Elisa Campo contextualiza ese estado en la crítica brasileña, en una bajada de intensidad que le afecta desde los años setenta. Exige un compromiso, también de las instituciones, y la necesidad de recobrar un papel educativo, mediador, social, también, y finalmente enriquecedor del panorama artístico
Pensar en crítica y contexto no debería dejar de lado jamás ese contexto... Cuando nos volvemos verdaderamente sensibles a él vemos predominar el distanciamiento del público en relación al arte y las instituciones culturales. Se trata, entonces, de un contexto en el ganan sentido iniciativas que intentan una inmersión en la malla social, constituyendo posibilidades artísticas en su interior y con ella. Pero, claro, ¡esto no puede ser la regla!
No podemos decir que los textos que acompañan las exposiciones se sitúen en el ámbito de una producción crítica, porque casi siempre se dedican más a la exaltación de su objeto de discurso que propiamente al desarrollo de una reflexión sobre cuestiones pertinentes de la contemporaneidad. En la prensa nacional esa crítica parece aún más ausente, limitándose a informaciones técnicas y a compilaciones mal hilvanadas de fragmentos de los dossiers de prensa enviados para la divulgación. Se trata, por tanto, de algo que se perdió y que merece una reflexión mayor para localizar las posibles causas y transformaciones que han alterado su fuerza. Tuvimos crítica, y de buena calidad, en Brasil, con las presencias importantes de Mário Pedrosa, Federico Morais y Ferreira Goulart, profesionales que realmente interfirieron en la construcción ideológica y conceptual de los años sesenta y setenta, un periodo rico en la producción brasileña y mundial. Sin embargo, algo de esa postura crítica constructiva y afirmativa se apagó incluso en la misma producción de Ferreira Goulart, tan osado entonces y, hoy, a su modo, destacadamente conservador.
Yendo aún un poco más lejos, retomo un pasaje expresivo de los momentos iniciales de la modernidad brasileña: allá por 1917, se testimonió una fuerte reacción de un ilustrado escritor brasileño que, en el auge de su producción e influencia, publicó una crítica vehemente a la exposición de una artista, con una pregunta contundente: "¿se trata de un caso de paranoia o mera mistificación?" El impacto de aquel artículo fue determinante en la obra de la artista, anestesiando y vaciando una producción que, en su momento de mayor fuerza, fue reconocida como una línea de demarcación entre lo clásico y lo moderno en la historia del arte brasileño. El escritor era Monteiro Lobato y la artista, Anita Malfatti. Este rescate histórico se justifica en la tentativa de buscar referencias sobre la importancia de la crítica y su responsabilidad histórica y cultural.
Todavía es excepcional también el papel de las instituciones culturales (museos y centros de cultura) en el ámbito de la crítica. En Brasil son, en su mayoría, espacios de lujo que, subvencionados por el poder público o la iniciativa privada, apenas contemplan establecerse como productores de conocimiento y crítica. Por otra parte, sin promover un programa educativo con el mismo ímpetu con el que promueven sus glamurosas curadorias, utilizan casi exclusivamente voluntarios para sumir la gran responsabilidad de la difusión cultural de la institución. Sus programas se limitan, muchas veces, a cumplir las contrapartidas sociales exigidas por la ley o por patrocinadores frecuentemente más interesados en camuflar sus acciones depredadoras sobre el ambiente. Así, se realizan pseudo-proyectos educativos que no crean relaciones conscientes con la sociedad. La necesaria actuación en la formación y la transformación de la realidad, a partir de la diversidad y del compromiso con los grupos sociales más favorecidos (que en nuestro caso corresponde a la mayoría de la población) no sucede. Y por eso mismo, aún parece distante el momento en el tales instituciones, integrando sus competencias de preservación, investigación y difusión, podrían trazar programas educativos que fomenten la producción crítica y artística al mismo tiempo en que se incorporan activamente en el tejido social.
Zigmunt Bauman, en su obra "El malestar de la posmodernidad", comenta la gran incomodidad que sentimos cuando nos vemos inmiscuidos en ese tejido social, donde prevalecen las diferencias y donde lo extraño parece desafiarnos y desestabilizarnos. En el capítulo "La creación y anulación de los extraños" desarrolló una idea sobre la viscosidad, como imagen expresiva, inspirada en Sartre: "Más que exuberantemente invadido por un elemento nuevo y extranjero, me siento invadido y conquistado por un elemento del que no sé como huir (...) la viscosidad implica la pérdida de libertad o el miedo a que esa libertad esté amenazada y dispuesta a perderse".
Tal vez sea ese el miedo que tenemos, en nuestra época, cuando tomamos posiciones y nos enfrentamos a sus riesgos. Tal vez esté ahí la justificación para la obvia palidez de la crítica contemporánea que, en beneficio de su libertad, prefiere no asumir sus muy serios compromisos, ni tomar posiciones muy radicales. Pero si fuese verdad que la crítica nace muchas veces de la incomodidad, entonces, ¡viva la viscosidad! Y que nos enseñe a integrar acciones, más que a separarlas; a disfrutar de una libertad que sólo la viscosidad puede realmente producir.
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