Por Vicente Verdú
Lo propio de la literatura contemporánea -una vez desarrollado el cine, el vídeo, lo audiovisual, lo publicitario y lo internáutico- sería aquello que la escritura y sólo la escritura puede decir en especial. Pero también, teniendo ahora en cuenta los múltiples modos de comunicación, resulta mostrenco todo modelo de novela con sus premiosas historias y descripciones ambientales al estilo del XIX y mediante comentarios, además, en tercera persona al estilo de la voz en off que acompañaba a las películas en blanco y negro.
Sin el contagio del blog y su intimidad fragmentaria, sin la integración del universo audiovisual, sin ironía, sin hilos simultáneos, diversos y abiertos, no se hace nada contemporáneo. Están muy bien esas pesadas narraciones, ocupadas en los pormenores de una escena o las menudencias de un vestido, pero se trata de un quehacer propio de los tiempos anteriores al cine, los telefilmes y el vídeo. Es admirable que se sigan pintando paisajes y bodegones a la manera de los simbolistas o los barrocos pero la pintura -como cualquier otro arte- ha evolucionado lo suficiente para que estas obras las contemplemos como inercias o legados.
Igualmente, las composiciones novelescas que emplean la tercera persona a la manera de un Dios omnisciente y se apoyan en muy enrevesadas intrigas en vez de cuidar el gozo y la jugosidad del texto, vienen a ser como hojas secas de la biblioteca. Milagro es que no desprendan un aroma muy rancio que, de todos modos, sigue atrayendo tanto a los diferentes lectores vetustos como a los lectores más burdos que nunca aspiraron un libro a fondo. De hecho, si dependiera de sus cultivadores conspicuos, la novela se encuadraría siempre, como también ellos, en el oficio consagrado y civilizatorio, que se atribuyen en cuanto orates de la cultura, proveedores de libertad y donadores de mundos imaginarios, entre otras solemnes bobadas por el estilo.
Para bien, sin embargo, del ciudadano consumidor, la literatura, como la pintura, la música o el cine, no la suscita las manos de creadores bendecidos sino la faena de simples trabajadores con sus habilidades particulares. Unos son mejores y otros peores; ninguno divino.
La novela tradicional enaltecida como gran monarca libresco, destinado a formarnos, enriquecernos o transportarnos a otros ámbitos, ha sido altamente superada por experiencias físicas, libertades políticas, ocasiones vitales y hasta viajes low cost. La literatura actual, novela o no, nunca halló mejor ocasión para manifestarse con desahogo y a gusto. Sin las ocupaciones trascendentes de antaño ni las supuestas misiones iluminadoras propias del tiempo en que se leía con velas.
Definitivamente, el mundo del relato y sus collages empieza ahora a vivir su anhelado recreo de toda la vida. Los domingos del arte de Baudelaire dedicados a pasear, hablar con el público, sorprenderlo y sorprenderse, brindan a todos la oportunidad de vivir sólo adicionalmente leyendo y no tratando de cumplir el falaz dictamen de leer para vivir más.


