Uno de los grandes problemas del arte contemporáneo ha sido el de su excesiva tolerancia. El «anything goes» o «todo vale» instaurado por la condición postmoderna, se ha convertido muchas veces en el hospedero de la mediocridad y el oportunismo. La puerta abierta por Marcel Duchamp con sus ready mades a inicios del siglo XX, si bien supuso un número considerable de ganancias y aperturas, al expandir las fronteras del objeto artístico hasta límites insospechados con anterioridad, ha dado paso también a una zona altamente conflictiva dentro del panorama de la plástica contemporánea. Un ejemplo muy claro de estos conflictos lo constituye la muestra landings 6+7, inaugurada el pasado mes de noviembre en Casa de las Américas (Ciudad de La Habana, Cuba). La exposición ostenta un despliegue tecnológico pocas veces visto en nuestro contexto, podríamos decir a lo high tech. Sin embargo, en ella el empleo de la tecnología no pasa de ser una pose esnobista, plagada de efectismos y sensacionalismos que no conducen a ningún sitio. Y quizás sea este el talón de Aquiles de buena parte del arte actual, nacional o foráneo: la experimentación y el culto a la tecnología como un fin en sí mismo, y no como un medio expresivo al servicio de la producción de sentido, apoyando la dramaturgia de la obra. A las instalaciones, objetos y proyecciones de landings…es imposible hallarles una estrategia discursiva sólida, delineada; la dispersión, el azar y lo caótico son sus únicos aliados. Automóviles, luces y bombillos por doquier; sonido; mangueras; cajas de disco; etc.: esta exposición demuestra una vez más que la excusa de la precariedad económica no es un argumento convincente. Cuando hay talento, sobran las alternativas; cuando no lo hay, el capital se torna baldío.
Ni siquiera desde el punto de vista de lo lúdico y el «impacto sensorial» la muestra es salvable. En cuanto al primero, el escaso sentido del humor que se advierte en algunas piezas es tan pedestre y elemental que frisa la sensibilidad naif. Con respecto a lo sensorial no hay tal impacto. El espectador siente que las obras se quedan a medias, como si les faltara algo: mucho ruido y pocas nueces, apelando al refranero popular. Y está claro que lo que falta es una línea de pensamiento coherente, además de una concepción curatorial meritoria.
Tal parece que el objetivo de los creadores involucrados en la muestra es el mismo que condujo a Duchamp en 1917 a proponer como obra un urinario tal cual: desacralizar el topos galería y la Institución Arte toda; dinamitar las fronteras entre el arte y los espacios que le son heterónomos; epatar al público asiduo al medio con un gesto en suma irreverente; instaurar una suerte de antiestética o antiarte; articular una reflexión desde el arte y sobre el arte mismo, a modo de tautología o autoconciencia, lo que implicó una negación radical de los valores estéticos tradicionales; unir el arte a la vida; etcétera. Solo que semejante discurso era efectivo, necesario y consecuente en la coyuntura epocal de 1917; hoy resulta obsoleto, estéril, insustancial. En la actualidad ya nada «escandaliza» o «desacraliza»: landings… no logra efectos de transgresión.
En su ensayo El final del arte, Arthur Danto plantea: «El arte ha muerto. Sus movimientos actuales no reflejan la menor vitalidad; ni siquiera muestran las agónicas convulsiones que preceden a la muerte (…)» No cabe duda de que se refería a un tipo de arte muy cercano al de landings…. Como plantea Danto, el arte no está hecho para pensarse a sí mismo, sino para dialogar con una realidad que está más allá de él. landings… muestra oídos sordos a las dinámicas y conflictos del mundo contemporáneo; su estrategia es la típica evasión del avestruz que opta por el resguardo de la tierra.


