Una obra de mierda, podría decirse. Pero, aunque todos sabemos que Sierra no es el primer artista que hace una obra de mierda, esa no es la cuestión. Lo importante es que la materia prima de la obra ha sido recolectada a mano por mujeres de Nueva Delhi y Jaipur "cuya casta les impide tener otro trabajo que sacar la mierda de los baños públicos". Además de un artista de mierda, Santiago Sierra es el artista de la conciencia, pero no la suya, sino la de ustedes.
El artista como turista de la catastrofe. Hace dos años, la instalación de Sierra en Pulheim (Alemania) fue suspendida porque un grupo de judíos furiosos amenazaron con prenderle fuego. El artista había convertido una sinagoga en una improvisada cámara de gas, en la que los visitantes debían entrar de uno en uno, protegidos por una máscara de gas. Se llamaba Una protesta contra la banalización del Holocausto.
Hace cuatro, Sierra recogió diez emigrantes iraquíes en Londres, los puso contra la pared y los roció con espuma de poliuretano. Después esperó a que endureciera y grabó todo el proceso en video. Si no llevaran trajes y visores de protección, el arte les habría matado.
Todo tiene solución en esta vida. Como Diane Arbus, a Sierra le gusta llevar a banqueros, directores de museos y alta sociedad en general a ver cosas que no han visto nunca, precisamente porque pagan a gente para que las elimine, las tape o las disfrace. En este caso, mierda.
Pero cuidado: mierda seca, sanitarizada, mezclada con fevicol (un aglutinante plástico), curada en moldes de madera aromática y convenientemente desodorizada para no ofender a la delicada audiencia. Vamos, la misma mierda de siempre, sólo que en forma de monolito, con una historia de terror en la etiqueta y la muy cristiana intención de despertar un incontestable sentimiento de culpa.
Richard Dorment, el crítico del Telegraph, lo ha llamado "el olor inconfundible de la culpa gratuíta". Pero Richard Dorment, con cuyo apellido me entran ganas de hacer chistes malos cada vez que le leo, es un exagerado: hay culpa, vive dios. Pero, si se hace insoportable, Sierra ofrece un analgésico que ha funcionado durante, al menos dos mil años: dar dinero a la causa. Es decir, la misma mierda de siempre, pero en una galería del West End Londinense, rodeada de restaurantes de lujo y hoteles servicio de masajes en la habitación. Dicen que el arte contemporáneo es y seguirá siendo el único soperviviente de la crisis. Lo mismo dicen de las cucarachas.


