Los lectores, me temo, ya lo han notado en sus retinas. Pero es que los cambios sobrevenidos con las nuevas tecnologías y desarrollos sociales están echando por la borda pensamientos dominantes en los últimos cien años. Algo que no sucede todos los días, que hace de la nuestra una época especialmente excitante y sobre lo que merece la pena insistir. Creo.
Cuando T.W. Adorno formulaba sus teorías en Fráncfort, tras las II Guerra Mundial, presentaba lo cultural en una dicotomía muy limpia: una cultura masiva, alienada y manipulada, y una cultura crítica, pero asequible únicamente a unas élites progresistas y concienciadas. Este tipo de ideario partía de una desconfianza radical hacia la ciudadanía, algo muy comprensible en quien había vivido la barbarie nazi y el apoyo irracional que cosechaba entre la mayoría del pueblo alemán. Valioso, pero anclado en aquella época. Analizado desde su propia perspectiva, este pensamiento, todavía dominante, aparece como bastante reaccionario y, en realidad, hunde sus raíces en concepciones románticas/burguesas de la cultura y la sociedad. Era la torre de marfil teñida de rojo.
Lo que ha sucedido en los últimos años, tras la difusión acelerada de la radio, la TV, la música en conserva o Internet, es un fenómeno de doble rostro. De un lado, la extensión de la cultura/entretenimiento a escala urbi et orbi según criterios puramente comerciales. De otro, la huida de buena parte de lo experimental e innovador hacia el ámbito de la nueva industria cultural, tempranamente descrita por… T.W. Adorno.
Esta evolución obliga a replantearse cuestiones. Una es que lo generado en ese territorio sometido a las leyes de mercado ya no puede ser apreciado/condenado de forma unívoca. El mercado ha llegado a una fragmentación caleidoscópica. Incluso, aunque unas cuantas empresas oligopólicas controlen la mayor parte del pastel, vemos como las independientes encuentran mayores espacios de acción. No todo lo que triunfa es retrógrado y no todo lo que permanece en el territorio protegido de las artes significa un avance especial.
La situación es que un Ryuichi Sakamoto lo mismo puede tocar en una sala de conciertos que en un festival experimental, que en uno veraniego. Haciendo la misma música. U otra diferente. No es para nada el único y esta trasversalidad de los fenómenos culturales (Warhol) es algo que, acentuado por lo horizontal de Internet y la popularización de las herramientas creativas, da en un mundo cultural diferente y heterogéneo, algo confuso y lleno de contradicciones, peligroso por inexplorado, pero en esencia fascinante. Lo bueno/malo es que en este mundo ya no valen recetas. Hay que decidir caso por caso, buscar desvíos… O seguir la gran migración de los
lemmings.
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