
Por Carles Guerra (vía SALON KRITIK)
Number 5 mide cerca de dos metros y medio por un metro y poco más. Tiene el aspecto de un torbellino de manchas y salpicaduras. Parece un accidente. No hay figura y no alude tema o contenido literario alguno. Sin embargo, Number 5 es reconocible como un icono del arte moderno. Está entre los objetos más sublimados de la cultura occidental. Simboliza la hegemonía del arte americano tras la Segunda Guerra Mundial, y como la mayoría de imágenes, cuanto menos dice más representa. Puede ser todo y nada, ése es su mérito. El precio alcanzado en la subasta no hace más que refrendar su estatuto icónico. Aunque eso no tiene nada que ver con su calidad como obra de arte. Son dos cosas distintas. La obra fue realizada por Pollock en el reducido espacio de su estudio, en East Hamptons, Long Island. El icono se forja durante la guerra fría, cuando centenares de pinturas como ésta adquirieron un significado que escapaba al control de los artistas que las crearon. Ni Gottlieb, ni Gorky, ni Rothko, ni Newman, ni Motherwell, por citar sólo algunos, pudieron evitar que se los asociara a una cultura de la victoria.
Pero es obvio que lo que se reproduce en la página de la izquierda no es un Pollock. Como mucho, una alucinación. Aunque algunos reconozcan el estilo del pintor norteamericano, según se mire puede que emerja la figura de George W. Bush, el actual presidente de Estados Unidos. De modo que también se puede leer como Bush pintado al estilo de Pollock, o Bush camuflado en la obra de arte más cara que jamás haya existido. Esta imitación fue pintada por Michael Baldwin y Mel Ramsden, componentes del grupo Art & Language, poco después de que Number 5 fuera subastada. Se trata de un comentario irónico acerca de cómo Pollock, el pintor más grande del siglo XX (así lo presentaba la revista Life en su edición del 8 de agosto de 1949), puede ser manipulado. El poder estético, económico y político se entrelazan en este manido cliché de la pintura abstracta. Juntos ideología, mercado y arte. Tanto que lo más interesante es la historia de esa manipulación, resultado de la política cultural de la guerra fría. Sobre todo ahora que algunas crónicas de política internacional nos devuelven el espectro de un antagonismo que tal vez nunca se disipó. "Moscú profundiza en la confrontación", se leía en el Financial Times del 8 de noviembre último, justo después de que el Parlamento ruso votara suspender su participación en un tratado de control armamentístico.
Alucinación o realidad, la guerra fría vuelve. Y no regresa sólo como un interés arqueológico por la época que vio desarrollarse la carrera nuclear, sino como una historia cuyo guión se amolda a nuestro presente de forma sospechosa. Si Vladimir Putin no ha escatimado medidas para elevar la tensión con Estados Unidos, Nicolas Sarkozy se ha empleado a fondo para "reconquistar el corazón de América", tal como rezaba en la misma portada del Financial Times citada antes.
Cayó el telón de acero y el muro de Berlín fue derribado, pero la obsesión por la seguridad sigue configurando nuestro mundo. De hecho, la guerra fría nunca estalló, y aunque siempre estuvo a punto de hacerlo, se eternizó como un código de defensa (DEFCON). Los controles de seguridad que hoy se aplican en aeropuertos podrían rubricarse con el mismo eslogan de la propaganda patriótica exhumada de los archivos: "Hoy en alerta, mañana vivo".
Si la guerra contra el terrorismo es sucesora de la guerra fría es porque ambas se declaran contra enemigos difusos, desencadenan una movilización total y se luchan en todos los frentes. La cultura y la vida cotidiana se alistan en un combate que, desde la guerra fría, se libra con imágenes. El arte, la arquitectura y los estilos de vida entraron al servicio de un nuevo tipo de confrontación. Ahora una exposición y un libro permiten revisitar los años en los que la cultura pasó a ser política cultural.
El Macba, en una de sus exposiciones históricas más notables hasta la fecha, invita a escrutar con detalle las relaciones entre Francia y Estados Unidos durante el decenio que va de 1946 a 1956. Bajo la bomba incluye una cantidad nada desdeñable de obras producidas por artistas americanos que se exponen junto a las de los franceses. Lo que ocurrió ya se sabe. Nueva York robó la idea de arte moderno a París y América se llevó el triunfo. Aunque para conseguirlo tuvo que rescribir la historia del arte de vanguardia, algo que no hubiera sido posible sin la colaboración de críticos como Clement Greenberg, museos como el MoMA, o agencias especiales del gobierno. Una mediación imprescindible.
Y a la par, un libro publicado por la editorial Actar, La domesticidad en guerra. A lo largo de sus páginas Beatriz Colomina nos descubre la popularidad alcanzada por la arquitectura moderna de posguerra, un estilo que penetró hasta el interior de la casa americana, borrando cualquier distinción entre lo público y lo privado. Si antes eran los americanos los que admiraban a los europeos, ahora va a ser al revés.
Los quince años después de la contienda mundial son testimonio de una arquitectura que pone en práctica todo lo aprendido durante el conflicto bélico. La industria de guerra no se detendrá. Al contrario, prolongará su vigencia en tiempos de paz.
El hogar se convertirá en búnker.
Por algo será que la guerra fría resucita en las crónicas de política internacional y en la agenda cultural. Si bien Serge Guilbaut publicó en 1983 el célebre ensayo que sustenta la exposición del Macba, De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno,en el mundo que surge después del 11-S esta historia adquiere una resonancia insólita. Tanto entonces como ahora las llamadas a la unidad constituyen un mantra defensivo. El arte americano de posguerra, y en especial la abstracción, resultaba un medio idóneo para asegurar lo que Clifton Fadiman, un célebre locutor de radio, concebía como "la unidad psicológica", elemento clave de la defensa nacional.
El arte abstracto, que ya se identificaba con una conciencia crítica antes de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el estilo del mundo libre. Todavía hoy los programas de educación visual y plástica de nuestras escuelas mantienen una fe ciega en la originalidad y expresividad del niño, conceptos labrados a imagen y semejanza de pintores como Pollock, Rothko o Newman, dos de los cuales, por cierto, acabaron suicidándose. En este sentido, los pintores franceses no podían ser menos. Nicolas de Staël también se quitó la vida.
El dramatismo de lo sublime requería, además de autenticidad, mucho teatro. Algunas pinturas de Hartung o Motherwell no son lo espontáneas que parecen. En ocasiones la obra dibuja con precisión manchas fortuitas o goteos casuales. una versión amañada del azar. Nunca la pintura gestual había dependido tanto del lenguaje, y sin embargo, se pretendía todo lo contrario. Que el arte surgía de la ausencia de cualquier forma de control, empujado por visiones individuales y una subjetividad indómita.
Pier Paolo Pasolini ya se lamentaba de ello. Decía que detrás de una gran diversidad se escondía un proceso de homogeneización implacable. Y añadía que, lo que no habían conseguido los regimenes fascistas, lo había implantado sin apenas resistencia la sociedad de consumo. El problema es que todo esto ya no es histórico. Lo estamos viviendo hoy, cuando el mayor control se corresponde con una apariencia de gran libertad. Toda una alucinación.
Originalmente en SALONKRITIK


