Guía Caspa de Bares sin Encanto
26-02-06 Antonio Soto
Bar Pasaje 20
Pasaje Comercial, 20
Gandia (País Valenciá)
Tres Briks Don Simón en la Guía Caspa
Diógenes, cuyo síndrome dicen que padezco, vivió desnudo dentro de un tonel. Fue un hombre sabio que encontró su felicidad en la pobreza extrema. Por eso me extrañó que el doctor Gomar, tras explicarme con su franqueza habitual: “Tiene usted el seso deleznable, alveolizado y ligeramente pulverulento”, errase el diagnóstico: “Síndrome de Diógenes”. Porque yo soy rico. Poseo mucho más de lo que necesito. Y todo lo que tengo lo he recogido en las calles (basura) o en los comercios (hurto), menos mi albornoz beige, que lo encontré en un descampado.
Mi problema, en realidad, es que ya no quepo en casa. Pero tampoco soy capaz de deshacerme del proctoscopio, la cornamusa, el albatros, los bastoncillos de las orejas y tantas otras centenas de cosas hermosas que la gente tira por ignorancia o hastío. De modo que he abierto un angosto acceso hasta el dormitorio, donde me alivio en un orinal que vacío por la ventana. No obstante, hoy por hoy resulta más sencillo escalar el Everest sin oxígeno que entrar en mi cocina. Esta circunstancia desplazó mi jugosa dieta habitual, a base de panceta y pan de leche, por otra más funcional de biscuits y altramuces. Y he aquí el por qué de este breve preámbulo autobiográfico. Y es que, por extraño que parezca, uno se aburre de tanto altramuz.
Buscaba, pues, un lugar neutro, aséptico, alejado de mi gusto barroco, en el que no me asaltase la tentación de llevarme nada a casa. Una Arcadia particular en la que, sin sobresaltos para el paladar ni ninguno de los otros sentidos, pudiera satisfacer mi apetito por un precio módico (no acostumbro a pagar por nada). Un local, en suma, sin encanto alguno. Con lo que no contaba es con la dificultad de la tarea, ya que, quieras que no, siempre hay detalles que resultan entrañables, bien sea el pizpireto bigote de la camarera quizá el alegre deambular de las cucarachas alrededor de la bandeja de sangre encebollada.
Así, después de mucho patear, concebí la idea de crear la “Guía Caspa de Bares sin Encanto”, para que otros en mi situación no desgasten inútilmente las suelas de sus zapatos. La puntuación oscilará entre uno y tres briks Don Simón, dependiendo del escaso o nulo atractivo del bar. Hasta ahora –y os aseguro que me presento de improviso en los garitos para no alertar al personal- tan sólo uno de los bares visitados alcanzaría la categoría máxima. Se trata de un lugar de una mediocridad inigualable.
El Bar Pasaje 20, cuyo domicilio y razón social coinciden ingeniosamente, se ubica en el incomparable marco del número 20 del Pasaje Comercial, a escasos dos mil metros del centro de Gandia. Dado que el radio de Gandia, trazado desde su centro, es de quinientos metros, bien podríamos emplazar nuestro local en el extrarradio, afueras o arrabal. Sobre las inexistentes virtudes del Pasaje 20, yo destacaría dos: la ausencia absoluta de luz natural y la pasmosa indiferencia con la que te trata el personal. En efecto, la luz fluorescente, fría, vampírica y, sin embargo, escasa, atrae a una variada clientela que oscila entre el pensionista paupérrimo y el suicida en ciernes. El personal, compuesto por un camarero detrás de la barra, otro para servir las mesas y un cocinero que atienden al nombre de Paco porque son la misma persona, sirve a los parroquianos con el mismo entusiasmo con el que se madruga los lunes. Las sillas y las mesas son de propaganda. El reloj y los cuadros de las paredes también. Las tapas son de microondas y los bocadillos vienen envueltos en celofán. La Coca-Cola es Pepsi. La Fanta, Kas. La tónica, Finley. Y la cerveza es de lata. En cuanto a la bodega, no hay. Tampoco es nada desdeñable su máquina expendedora de aperitivos (almendras, nueces de California, aceitunas rellenas La Guitarra), ni conviene perder de vista su Boutique del Regalo, un chisme con un gancho que por un euro te obsequia –o no- con un peluche-llavero made in Taiwán. Por otra parte, la sugerente ambientación musical del transistor de Paco, convenientemente amplificada por la exquisita reverberación acústica del Pasaje, convierten a este local en el lugar idóneo para deprimirse las tardes de domingo escuchando el Carrusel Deportivo. Pero lo que hace de Pasaje 20 un bar excepcional es el empecinamiento de su dueño por sacar mesitas a la calle en verano. ¿Hay algo más genial que montar una terraza de verano en un recoveco de un Pasaje Comercial?
Por lo demás, si algún día se dejan caer por el Pasaje 20 no duden en saludarme: soy el que aparca el carrito del supermercado junto a la barra.