Por Elena Cabrera (ADN.es)
Tenía veinte y tantos años, ya veinte y muchos, cuando la España en blanco y negro de los cincuenta decidía tímidamente inaugurar una nueva década. Tete -Vicenç Montoliu en los papelotes oficiales- pasaba aquellas noches en antros de humo y raval en la ciudad de Barcelona, tocando jazz de compás latino como músico de cabaret y realizando jam sessions, conciertos en los que se improvisa, en el Hot Club una vez a la semana.
Blanco y negro en los 50 o color en los 60, a Tete debía darle un poco igual. Ciego de nacimiento como era, los recuerdos probablemente se clasificaban en su memoria por el olor de un local u otro, y el sonido de un piano u otro.
Porque en eso, en como sonaba su instrumento, sí era especialmente maniático; si es que llamar manía a la extrema sensibilidad de un sentido, cuando el de la vista falta, no resulta ofensivo. Contaba Alejandro Reyes un día después de su muerte, que la primera vez que le contrató para tocar en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, el músico le arrastró a Casa Hazen para probar todos los pianos de cola y escoger aquel con el que deseaba tocar. Tras probarlo escogió, por supuesto, el que mejor sonaba. El alquiler era tan caro que le costó al Club de Música y Jazz del Johnny, como es conocido popularmente el colegio, casi tanto como el caché del pianista.
De casta le venía
La casa de los Montoliu i Massana fue la incubadora perfecta para un niño, invidente pero prodigio, con el talento de Tete. Su madre Àngela es campeona de natación pero su padre, Vicenç como él, es músico de oboe, cuerno inglés, saxo alto, clarinete, violín y bandoneón.
A los 11 años comienza a dar clases de piano y a los 13 ingresa en el Conservatorio Superior de Música de Barcelona. Allí encuentra sus primeros compadres de jam sessions y, en el 47, conoce al saxofonista Don Byas que le da a conocer el género bebop, el estilo de jazz que se desarrolla durante los años 40 y que lo revoluciona, iniciado por Dizzy Gillespie, Charlie Parker o Thelonious Monk.
"El jazz quedó como una extranjería sospechosa alimentada por grupos de adictos", escribía el también fallecido escritor Manuel Vázquez Montalbán, como despedida a Tete hace diez años, "como hermanos masones de un diálogo entre instrumentos sobre el vacío de la oscuridad, los salones en penumbra, la noche, la noche complicando la soledad". El jazz lo era todo fuera de España, pero aquí era la nada. De aquellas catacumbas, como las llama Vázquez Montalbán, emergió Tete.
Autoexiliado musical
Su primer disco lo tuvo que grabar en Holanda, en 1954. Tocaba en grandes festivales europeos, donde era muy apreciado y aclamado pero en España su nombre sólo encabezaba los programas de pequeños clubes de jazz. Hasta que en 1959 decidió irse de aquí, exiliado a Berlín por motivos musicales.
En España era querido, pero no reconocido. Y así, a pesar de los homenajes, ha seguido siendo hasta hoy.


