
Es un arte silenciado, si es que se puede considerar arte, el del alemán Arno Breker (1900-1991), el escultor favorito de Adolf Hitler. Los cuerpos perfectos y fuertes formados por Breker decoran el Estadio Olímpico de Berlín, y hubieran marcado la estética de la ciudad soñada por Hitler: Germania (Berlín). Nadie hasta ahora se había atrevido a exhibir en Alemania las estilizadas figuras de Breker, el escultor admirado por una serie de artistas europeos en el momento de su mayor actividad creativa, los años 1933 a1945, pero muchos alemanes famosos le encargaron un retrato suyo, neoclasicista, inspirado en la escultura griega y en la de Auguste Rodin, tras la desaparición del nazismo alemán y la destrucción de un 90% de la obra de Breker por los aliados. Éste fue el caso, entre otros, del canciller alemán democristiano Konrad Adenauer o de la atleta Ulrike Meyfarth, que llegó a posar para la escultura Ulrike la diosa griega en los años ochenta. Breker seguía creando, pero nadie había vuelto a hablar de él hasta ahora, más de 60 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto.
(sigue leyendo el artículo de en El Pais)
Fué precisamente pensando en la exposición de Arno Breker en la Schleswig-Holstein-Haus que me puse a buscar el ensayo de Borges sobre los precursores de Kafka. Borges dice que cada escritor crea sus precursores, dando a entender que la obra de Kafka -así como todas las obras literarias de peso- modifican sensiblemente aquellas otras que la preceden porque, a través de las segundas, entendemos mejor las primeras y a veces el efecto es tan grande que parece como si las leyéramos por primera vez. Y es una influencia sana y enriquecedora. Qué diferente de la influencia que tienen la historia, los cambios sociales y la audiencia. Sobre todo si la audiencia es el mismo demonio.
A Breker se le ha demonizado por su afiliación con los nazis de quien recibió grandes sumas de dinero y un castillo bávaro. Sesenta años más tarde, su primera exposición en casa le ha cortado la crema a la inteligencia alemana, la misma que ha decidido desmantelar el Palacio de la República para levantar un hotel de cinco estrellas con dinero público. Der Spiegel ya ha dicho eso de cómo un museo público se atreve a exponer "lo inimaginable". El presidente de la Academia de Bellas Artes de Berlín acusa al museo de ramplón y sensacionalista y recuerda que el escultor fué uno de los principales orfebres de la propaganda nazi, quien le dio una visibilidad a la imagen del hombre de los nazis, a aquel racismo de la raza superior. El caso Breker demuestra, entre otras cosas, que el sentimiento de culpa no ha abandonado Alemania y que sus políticos de la cultura gustan de utilizar esa culpa para reafirmar su poder caduco, novayaser.
Hasta ese punto es vergonzosa su taimada actitud que su premio Nobel de Literatura ha tenido que recordar que el escultor tuvo vida y obra antes de los Juegos Olímpicos y la siguió teniendo tras la caída del Tercer Reich, cuando el 90% de su producción fue destruída por los aliados. Igual que Leni Riefenstahl, con quien la historia ha sido más benevolente, bien por sexista hijadeputa, bien porque ya fué castigada a fondo por los aliados americanos y especialmente los franceses, que la encerraron en un manicomio donde recibía electroshocks mientras trataban de montar los rollos de su película Tierra Baja para comercializarla por su cuenta.
Pero estos son colaboracionistas y su obra quedó teñida para siempre como resultado de su afiliación. ¿Qué pasa cuando el artista, al igual que los precursores de Kafka, no tiene ni voz ni voto y, sin embargo, su afiliación no deseada con el maligno ocupa la primera línea de todas sus biografías? ¿Beneficia o injuria la obra de Wagner saber que el Fürer se ponía Tristan e Isolda para relajarse después de cenar? ¿Facilita la comprensión de Nietzsche saber que tenía entre sus fans al genocida? Si es verdad que cada escritor crea sus precursores, no es menos cierto que cada lector crea a cada escritor. Y algunos lectores tienen más peso que otros.
En tierras menos lejanas y bajando unos cuantos kilómetros el listón, qué sorpresa se llevó la artista kirtch Rowena cuando encontraron tres de sus cuadros en en el nidito de amor de Saddam Hussein. Su artista favorita, se choteaban los periódicos, generando una inesperada popularidad que resultó muy traidora. I utterly hate Saddam Hussein -tartamudeaba la pobre.- I loathe everything he is and everything he stands for. Ahora se pelea en los tribunales por recuperar las obras y confiesa horrorizada que no sabe qué podría haber en su obra que haya tocado la fibra del dictador.
That would be a horrifying thought -dice -He in his twisted mind must have read something into it. Y se me ocurre que, en realidad, la idea tan odiosa no es lo que Hussein haya "leído" sino lo que haya "escrito" en esos cuadros. Desde que sabemos que le gustaban tanto que no compro uno sino tres, las fantasías eroticofestivas de una pintora americana de tercera categoría se han convertido en algo muy distinto, como más interesante y revelador.


