Por Delfín Rodríguez
Así, en primer lugar, del arquitecto se habla como en fuga de su disciplina o, también, como si su condición de arquitecto amparase como una sombra extraña su actividad paralela de pintor, escultor, grabador, poeta y ensayista. En segundo lugar, la muestra reúne una preciosa y expresiva selección de sus obras artísticas y de sus muebles, que recorren buena parte de su legendaria y mítica biografía, desde el purismo, de 1918, a sus últimas propuestas que tienen en torno a El poema del ángulo recto, publicado en 1955 por Tériade, y grabado e impreso por Fernand Mourlot, un eje central y de referencia. Por último, la tercera historia es la que protagoniza la diseñadora, coleccionista, galerista, mecenas y amiga de Le Corbusier, Heidi Weber, entregada, desde que en 1957 conociese al arquitecto, a coleccionar, difundir y estudiar su obra de artista. Y es precisamente una extraordinaria selección de ese conjunto la que ahora se expone gracias a su generosidad.
Guardados con mimo. No es la primera vez que Heidi Weber y su museo de Zúrich se muestran generosos con España. La diseñadora y coleccionista no sólo aportó obras fundamentales a la exposición conmemorativa del nacimiento del arquitecto celebrada en el Museo Reina Sofía en 1987, sino que, como consecuencia de esa relación, al año siguiente, donó al pueblo español una obra tan emblemática -en estrecha relación con el contexto del Guernica, de Picasso, su maestro secreto en la pintura- como es La caída de Barcelona (1939), además de diez estudios preliminares. Colaboradora estrecha del Le Corbusier artista y diseñador de muebles, además de su coleccionista rendida, le encargó en 1960 un pabellón para la exposición de sus obras, las coleccionadas y guardadas con mimo casi religioso por Heidi Weber. Es decir, le encargó una casa que, a la vez que de su arte, lo fuera del arte, por eso su primera denominación fue la de Maison de l?Homme.
Sin embargo, ni es una casa de artista, ni es una casa que, además, contiene una colección -aunque pensó que cumpliera esa función, al menos en los primeros bocetos-, ni es sólo una casa del arte de Le Corbusier, aunque lo parezca. Es una casa de las artes cuyo protagonista principal es, sin duda, Le Corbusier, pero que sin Heidi Weber no habría sido posible. Ella misma la considera no sólo casa de las artes, sino «una obra de arte total», al reunirlas todas. Pero también es su casa, su autorretrato y no sólo el de Le Corbusier.
A fin de cuentas, da la impresión de que esta casa, «empezada muy arquitectónicamente por el tejado», como acertadamente afirma Juan Calatrava -lo que, por otra parte, ya hiciera Wright a comienzos del siglo XX-, son muchas casas, desde la metálica definida por el tejado y la estructura que lo soporta, atendiendo a proporciones modulares y posiblemente ampliable hasta el infinito, a la cobijada bajo su sombra y a la diseñada en los muebles, pinturas y esculturas. El arquitecto no pudo verla terminada, ya que se inauguró póstumamente en 1967, pero, sin duda, es como un testamento -uno de los posibles- que refleja fielmente la ambigüedad de su autor. Y es que esta casa de las artes, al tiempo casa de artista, del arte, del hombre, de Le Corbusier, de Heidi Weber, lejos de ser una obra de arte total, es una obra de arte que mantiene vivas las distintas disciplinas artísticas, como el arquitecto siempre buscó y persiguió a lo largo de su vida.
En busca de un acuerdo. Tal vez por eso nunca estuvo en las vanguardias, les fue periférico, del cubismo al neoplasticismo, del constructivismo a la Bauhaus, ya que su idea de encontrar una síntesis de las artes no pasaba por la disolución de las mismas en la arquitectura o la ciudad. Al contrario, buscó siempre un acuerdo entre esas disciplinas, pero manteniendo su especificidad, lo que tiene muchas consecuencias sobre su propia valoración como artista o diseñador de muebles, con independencia de lo que él mismo pensase sobre su obra, antes de ser incuso Le Corbusier, cuando sólo era Charles-Edouard Jeanneret. En esa precoz época ya identificaba el horizonte de su obra, cuando su Viaje a Oriente (1911) y su pasión por el Partenón, con la de Fidias o la Miguel Ángel, incluso acodado sobre las ruinas de aquél y de espaldas miraba intencionadamente a la eternidad viéndose en ella, cual nuevo e insólito Narciso aéreo y, lleno de emoción, podía escribir que la lejanía no puede restituirse, que la ruina del tiempo es sólo un límite que algunos pueden atravesar, pero sólo algunos.
Es verdad que el propio Le Corbusier, cuya condición de arquitecto se fuga, se exilia -posiblemente a su pesar y al de tantos otros que tienen sobradas razones para no pensar de este modo-, de sus pinturas y diseños, de sus esculturas y grabados, llegó a señalar que «no hay escultores solos, pintores solos, arquitectos solos. El acontecimiento plástico se realiza en una forma única al servicio de la poesía». Fue siempre su anhelo, su deseo. Poco antes de morir, en el Mediterráneo, todavía escribió que había pasado su vida dibujando, pintando, buscando, donde pudiera encontrarlo, el secreto de la forma. Era como otra pista, otro testamento, para que no se perdieran de vista las correspondencias que existían -según él- entre sus dibujos, muebles, esculturas y pinturas y sus arquitecturas, realizadas o proyectadas, escritas o sólo pensadas.
Evidentemente. Es verdad que en estos últimos años se ha insistido en encontrar evidencias, correspondencias, afinidades entre su modo de proyectar y sus maneras de pintar o crear otros objetos de reacción poética. Pero se debe reconocer que existen dificultades, que esta muestra sobre su pintura y sus muebles, sus grabados y esculturas pone en evidencia. No es sólo que, por ejemplo, Wright considerase distanciadamente su arquitectura como propia de un escultor, que Mies y otros arquitectos alemanes le consideraran un formalista de precisión a la manera francesa, o que Ch. Zervos no le viese como un artista, tal vez un arquitecto, o que Battisti señalase sin rubor que era un mediocre pintor y escultor. No es sólo eso, porque al lado de esas observaciones hay otras muchas que expresan lo contrario, al menos desde que Giedion o Ernesto N. Rogers coincidieran, siguiendo al propio Le Corbusier, en definirle como el Miguel Ángel del siglo XX. Su amigo A. Ozenfant, con el que compartió e inventó en 1918 el Purismo, señalaba en sus Mémoires (1968), que, aunque fue una tarea colectiva, él, Ozenfant, producía el sonido y Le Corbusier reforzaba el eco de aquél.
Es verdad que cerca de sus obras circulaban los ejemplos de Picasso, Léger, Gris o una peculiar acepción del surrealismo -otra vez, muy picassiana- y, sin embargo, enfrentarse a las pinturas y esculturas de Le Corbusier es como hacerlo a un artista en la periferia de las vanguardias, incluida su arquitectura y su idea anacrónica sobre la síntesis de las artes, aunque les acabara proyectando una casa en Zúrich. Por todo eso y más cosas, muchas, esta exposición es extraordinaria e imprescindible.
Publicado originalmente en ABC.ES


