
Como estos jóvenes y lúcidos ensayistas añaden, lo complicado es encontrar el tono sin entrar a tomar postura, esto es, sin caer en los «vicios» de los pornófobos o de aquellos para los que el material «excitante» lo es todo.
Barba y Montes, un novelista y un crítico de arte, no entran, afortunamente, en disquisiciones etimológicas o metafísicas en torno al origen del término pornografía, ni escriben un texto al uso plagado de anécdotas (tamaños de los miembros viriles, cantidas de polvos, proezas felatrices, etc.), sino que adoptan una serie de perspectivas interpretativas que destacan por su sobriedad.
Lo más interesante. Tiene algo este texto de aproximación antropológica al fenómeno pornográfico como algo que tendría una dimensión «institucional» en un cauce análogo al que formularon Danto o Dickie al abordar el arte. Lejos de la jerga, particularmente del cóctel lacaniano-heideggeriano que emplea Zizek, por ejemplo, en Mirando al sesgo, revisan lo más interesante de la bibliografía, deteniéndose en los planteamientos de Linda Williams o Walter Kendrick.
Dan un dato que revela que el porno no es un fenómeno económico marginal: en 2001 se pusieron en circulación más de diez mil películas del género, se alquilaron, sólo en EE.UU., setecientos millones de vídeos o deuvedés, y los ingresos de la industria ascendían a catorce mil millones de dólares anuales. Incluso en países en los que este material está prohibido, se consume con fruición.
En última instancia, aquí se cumple, valga la parodia, aquel deseo marxista: «A cada quien según sus necesidades». Existe un tipo de porno para cada forma del deseo y, aunque suele calificarse el género como la cima de lo revolucionario y de lo aburrido (aspectos en buena medida antagónicos), eso es incierto: las imágenes ultraexplícitas de penetraciones, mamadas o eyaculaciones torrenciales son seguidas con la mayor de las atenciones, con una mano el mando a distancia y la otra en una parte que no hace falta detallar.
Sin lugares comunes. Barba y Montes proponen, después de haber desechado algunos lugares comunes, una definición contextual de la pornografía que no sería nunca un objeto identificable: «Nada es pornográfico en sí mismo pero toda la vigencia de la pornografía está basada en el convencimiento de que para todos existe un tipo de pornografía que no puede ser mirada sin lujuria, sin fascinación, sin inquietud o sin miedo». Consideran que es imposible no sentirse perturbado en lo más hondo de uno mismo al ver porno, pero no tengo tan claro que eso suponga algo así como tener miedo. Acaso quieran hablar de una experiencia atenuada de lo «inhóspito» freudiano: la revelación súbita de algo extraño en lo cotidiano. Si bien consideran el porno como una ceremonia, parecería que nombran una experiencia que va de la mímesis a una catarsis que marca el final de la excitación.
Gore Vidal apuntó que lo único malo de ver algo porno es que «después uno puede querer seguir viendo porno, y al final no querer ver nada sino porno». Esa adicción tiene algo de giro en torno al vacío, como si hubiera un secreto inviolable. Lo que a Barba y Montes les interesa es la cuestión del sujeto que se ve a sí mismo viendo porno; un proceso de alteridad en el que surge un yo íntimo o velado, desconocido para el sujeto en cuestión o, mejor, para aquel que lo que busca es la descarga sexual. El porno se asentaría sobre la fantasía cuando parece que es la negación (literal) de la misma. Si existe, en este dominio, algo como el enigma, será en una transgresión, en el sentido de Bataille, que está ultracodificada.
De Garganta profunda a la ejecución de Sadam Hussein visitada en la web por millones de voyeurs, de las proezas de Rocco Siffredi a las charletas de Lorena Berdún, del Origen del mundo, ese sexo femenino en primer plano que pintara Courbet, al overbooking de exhibicionistas en Internet, la pornografía, que para Barba y Montes es antitética con respecto al arte, no deja de ganar «adictos».
«On/scenity». Nos dejamos llevar por lo que Williams ha llamado on/scenity, esto es, nuestra mirada queda hechizada por la transgresión del tabú que mantenía separado lo público y lo privado, lo lascivo y lo ordinario, lo sublime y lo ridículo. Esas imágenes nunca se contemplarán hasta el final (salvo que el voyeur esté afectado por algún tipo de perversidad semiológica) porque el fin último es completar satisfactoriamente la masturbación.
En un momento del ensayo aparece una expresión especialmente afortunada: «La verdad del semen». El potlatch porno (ese gasto ritualizado y vertiginoso) requiere no sólo de la cámara subjetiva sino de nuestra implicación; eso es lo que lleva a Barba y Montes a un particular modo del cartesianismo: «La pornografía existe no sólo porque yo existo, sino porque yo me comprometo a que exista, porque mi mirada la sostiene, la permite y la configura». Umberto Eco ya jugó con las palabras al hablar del cogito interruptus; ahora tenemos, al alcance de la mano (no quiero regodearme), una teoría del sujeto que deviene tal a través del porno. Una inquietante y placentera forma de sujetarse(la).
Publicado originalmente en www.abc.es


