
... de la novela de Luis Vélez de Guevara, El diablo Cojuelo (1641), luego reescrito en francés por Alain-René Lesage, Le diable boiteux (1707), con varias ediciones posteriores y algunas de ellas
expresivamente ilustradas. Como aquel diablo cojo, acompañado de don Cleofás Pérez Zambullo, los autores de este apasionante libro, han tenido el don y la virtud, la curiosidad y generosidad intelectual, de destapar los tejados de las casas para ver lo que ocurre dentro y, aún más, lo que ocurrió en las casas de las ciudades y pueblos de España, desde el siglo XVI al nuestro, anticipando incluso la forma de habitar en el futuro más inmediato. Y todo ello con independencia de los lenguajes y tipologías arquitectónicos que pudieran dar forma y apariencia cambiante, según el acontecer de la historia, a esos espacios interiores, lugares del vivir y del habitar.
En una forma nómada. Se trata de una indiscreción que debemos agradecer no sólo por placer morboso o mefistofélico -y también histórico-, sino con la admiración por quienes han sido capaces de rastrear y recorrer las formas de habitar en la casa y en la vivienda durante tan largo y fundamental periodo de tiempo y lo han hecho desde una perspectiva ciertamente novedosa y habitualmente descuidada en los estudios de historia de la arquitectura y de la ciudad, de las casas y de las viviendas, que no son ni fueron lo mismo unas que otras. Así, mientras que la vivienda fue y constituye un problema, la casa siempre ha tenido que ver con el habitar, porque habitar es convertir un espacio en una casa y no siempre las viviendas lo permiten, aunque se nos haya dicho que sí, que es eso lo que nos falta para habitar: engaño propio de sirenas y arquitectos, pero que siempre despertó dudas entre filósofos y poetas, entre los que querían habitar sintiéndose como en casa y los que sabían que para habitar es necesario extrañarse, exteriorizarse, en una forma nómada de habitar. La vivienda, en todo caso, tiende a dictar y ordenar la manera de habitar, mientras que la casa construye precisamente esa interioridad que nos permite simular que habitamos a nuestra medida, incluso en poesía. Por eso, habitar en una vivienda es siempre un lucha constante para, contradiciéndola, convertirla en lo que no puede ser, es decir, en casa.
Cortes verticales. En aquella célebre novela, el diablo prometió enseñarle a don Cleofás, y lo cumplió, lo que pasaba en Madrid y en la Babilonia española, levantando los techos de las casas de diferentes ciudades, revelando así «el pastelón» como entonces estaba, «arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fue de capas y gorras». Y así, mirando desde arriba y, a veces, bajando de los tejados a las calles, desde abajo, dibujaron un retrato de espacios, hábitos y costumbres que las casas de entonces podían esconder tras su apariencia urbana, tras las fachadas, tras las ventanas y puertas. Era como seccionar con cortes horizontales o verticales los volúmenes de las casas y edificios de viviendas para descubrir su interioridad, la forma de habitar y de estar en el mundo sin ser del todo vistos, cuando, paradójicamente, el mundo parece haber estado siempre, o casi, pendiente de la exterioridad, como la arquitectura. Anatomía o cirugía del habitar que servía, en el caso del diablo cojuelo, para hacer una crítica irónica y despiadada de la sociedad de su tiempo. Anatomía o cirugía de la arquitectura que sirve, a los autores de esta enciclopédica obra sobre la casa en España, para hacer historia de la arquitectura y del vivir y habitar en la arquitectura, más en sus espacios que en sus lenguajes o tipologías, más en lo que queda dentro y en sus usos -lo que ellos llaman «lo doméstico»- que en sus apariencias, aunque muchas veces esas interioridades fueran convertidas en fachadas, en rostro o retrato de quien las habitaba, incluso haciéndolo de una manera anacrónica.
Un refugio al margen. Y es que, en numerosas ocasiones, como este libro confirma, lo doméstico, la interioridad, fue y es un refugio al margen de la arquitectura que, con sus formas y lenguajes, sus tipos y maneras de hacer ciudad, parecía seguir un camino casi en confrontación con el uso de sus espacios. La arquitectura se cargaba de memoria o de vanguardia, mientras que sus interiores lo hacían y lo hacen de recuerdos, porque habitar no es fácil ni cómodo y dar una respuesta arquitectónica a las costumbres es complejo, ya que unas veces esas respuestas anticipan un modelo de habitar, luego desmentido, y, viceversa, en muchas ocasiones los modos de habitar buscan hacerse expresivos arquitectónicamente, aunque la arquitectura propia de los arquitectos haya ido o vaya por otros derroteros y expectativas. Es decir, que podría hablarse, en efecto, de que existen y han existido interiores ajenos a la exterioridad y, al contrario, exteriores ajenos a la interioridad, aunque no es imposible que la idea de casa haya buscado siempre un acuerdo en el que habiten al tiempo lo exterior e interior.
Y este ha sido el objetivo de esta extraordinaria publicación, erudita y magníficamente ilustrada: poner en evidencia las transformaciones del habitar, del morar, en lo interior, en lo doméstico, como si tuviera una historia distinta de lo exterior, a veces más lenta, en otras ocasiones, más rápida. Entendiendo las casas como casas de la vida, como escribiera en su inolvidable obra Mario Praz: es decir, como albergues de los recuerdos.
Espacio doméstico. Así, en los dos volúmenes que componen esta obra, coordinados por Beatriz Blasco, con la participación de un numeroso y brillante grupo de estudiosos (arquitectos e historiadores del arte y de la literatura), se recorre la sorprendente y peculiar historia de la casa en España, planteada como historia de la evolución del espacio doméstico, no siempre coincidente con los tipos o los lenguajes arquitectónicos, con la historia de la arquitectura más convencional. La obra, cuyo primer volumen recorre el habitar la casa en la ciudad durante la Edad Moderna, y el segundo, las diferentes formas de hacerlo en la Edad Contemporánea, analiza y recoge, con una increíble riqueza iconográfica de interiores, los espacios del habitar doméstico, del comedor a la cocina, de la alcoba al salón o al cuarto de estar, de los espacios propios de la mujer a los tradicionalmente masculinos, de los de representación a los más íntimos, de las escaleras a las ventanas, del hogar y la chimenea a los cuartos de aseo y sus cambios a lo largo de la historia.
Se construye así una inédita historia de la casa y del habitar cuyo objetivo de estudio es la interioridad de la morada y sus transformaciones, sabiendo que eso ocurre en arquitecturas que parece que se ausentan para dejar hablar a los espacios interiores y a sus cambiantes usos y significados. Es decir, sabiendo, como decía María Zambrano, que cuando de ellos se va la vida, sólo quedan los huecos, el vacío, aunque exista la posibilidad de que las casas, en su exterioridad arquitectónica, una vez solas o, siempre solas, sean también capaces de mantener una entretenida conversación. En cualquier caso, como escribiera Borges, una casa que no tenga una habitación secreta -o incluso vacía- no merece tal nombre, como ya revelaran, en el siglo XVII, el diablo Cojuelo y don Cleofás en su insólito viaje levantando los tejados de las casas.
Publicado en origen en ABC


