Clases de dibujo
04-04-07 Antonio Soto
El señor Pous, mi profesor culturista de dibujo, no tenía la pilila corta, pero sí la imaginación, por lo que supongo que la historia que nos planteó como ejercicio de clase era prestada.
"Caballeros, atención por favor –(por aquel entonces, los profesores ciclados de dibujo nos trataban de usted)-. Les voy a contar un cuento del que tendrán que sacar conclusiones ilustradas.
Érase una vez un niño de unos once o doce años, la edad que tienen ustedes en este momento. El niño se llamaba Pedro Juan y era el hijo único de don Julián, concejal de residuos sólidos y alférez provisional, y doña Marisa, sus labores –(resulta evidente que el señor Pous se estaba gustando, dado lo detallista de la narración)-. Pues bien, -prosiguió- a Pedro Juan se le consentía todo, en su condición de niño mimado. Tan sólo una cosa le estaba vedada: no debía entrar bajo ningún concepto en la habitación que permanecía cerrada al final del pasillo. Lo cierto es que Pedro Juan no había sentido nunca demasiada curiosidad por lo que pudiera ocurrir detrás de aquella puerta. Cuando convives desde siempre con una costumbre, por extraña que ésta sea, termina por parecer algo natural. Sin embargo, de un tiempo a esta parte el niño comenzaba a experimentar cierta inquietud cada vez que su madre limpiaba aquella habitación. ¿Qué esconderán mis padres en esa habitación? –se preguntaba-. Debe tratarse de un secreto terrible. Algo tan espantoso que ni a mí, su hijo, pueden confesar. Y en estas conjeturas entretenía las horas el bueno de Pedro Juan, cada día más resuelto a investigar el misterio.
-(En este punto, el señor Pous sacó una mancuerna de uno de los cajones de su mesa, bajó de la tarima y se paseó entre los pupitres mientras ejercitaba sus bíceps)-.
Doña Marisa – continuó con calma sabiéndonos atrapados por la historia- era la única persona que entraba en la habitación. Todas las mañanas de sábado doña Marisa, pertrechada de plumero, aspirador, escoba, recogedor, espuma seca Hurra y trapos viejos, sacaba del bolsillo de su bata una llavecita niquelada con la que abría la puerta de la habitación prohibida. Después, cerraba tras de sí y limpiaba durante una hora u hora y media. En el pasillo reverberaba el runrún del aspirador –(al señor Pous, definitivamente, le había sobrevenido el estro)-.
Nuestro querido Pedro Juan, entretanto, comenzaba a esbozar un plan. Su madre siempre se daba un baño después de la limpieza sabatina, momento que aprovecharía para robarle la llave, abrir con ella la puerta de la habitación del fondo del pasillo y descubrir, por fin, los que sus padres le ocultaban. Pero antes tendría que averiguar el lugar donde doña Marisa guardaba la dichosa llavecita. Así que Pedro Juan, ni corto ni perezoso, se escondió debajo de la cama del dormitorio de sus padres y esperó. Al rato llegó doña Marisa que, fatigada tras sus labores, vino a sentarse en el borde de la cama. Pedro Juan contuvo la respiración. Pero al poco su madre se levantó, se despojó de la bata que dobló sobre la cama y entró en el cuarto de baño. Sin pensárselo dos veces, Pedro Juan abandonó su escondite, robó la llavecita del bolsillo de la bata y salió al pasillo. Poco a poco, pasito a pasito, con el corazón retumbando en sus oídos, el niño llegó a la puerta de la habitación secreta, introdujo la llavecita en la cerradura, la giró sin impedimentos, abrió y… -(el señor Pous se tomó un estudiado respiro. Los niños, con los ojos como platos, impacientes, esperábamos la conclusión del cuento)-. Y… -continuó con parsimonia- y este es su trabajo, caballeros. Averigüen qué es lo que había tras aquella puerta y dibújenmelo con buen trazo y limpieza".
Mi mente, sometida a un precoz proceso de licuefacción al que no eran del todo ajenas las sesiones triples en el Cine Aliatar, tendía a la deducción macabra. En el Aliatar –es un inciso- proyectaban tres películas cada tarde, las mismas durante una o dos semanas. La primera sesión comenzaba a las cuatro de la tarde y la última peli terminaba a eso de las nueve y media. Los niños entrábamos a las cuatro, la hora de la película tolerada, y salíamos de noche después de tragarnos una de zombies, de disparos en la sesera ralentizados o, directamente, alguna guarrada sueca disfrazada de documental científico. Lo que me pasma de todo este asunto no es tanto la permisividad moral de mis padres y del acomodador, sino la de horas que podía tirarse un niño fuera de casa sin que nadie pareciera preocuparse demasiado. El caso es que –retomo- estas películas iban disolviendo mi débil entramado neuronal. Así, las retorcidas soluciones que me inspiraba la historia de Pedro Juan iban más encaminadas hacia la casquería abundante que hacia la poética fantasmal. No obstante intenté, sin demasiada fe en mis capacidades, deducir al modo de Sherlock Holmes. La habitación, sin duda, era interior y carente de ventanas. De no ser así, Pedro Juan o cualquier otro hubieran podido cotillear y no habría secreto. Aunque, claro, también pudiera ser que sí hubiera ventanas, pero clausuradas o con las persianas echadas permanentemente. La historia, de este modo, ganaba en morbo. Por otra parte, seguro que Pedro Juan pegó la oreja a la puerta en algún momento. Si no escuchó nada es porque nada vivo respiraba tras ella. Esto, de entrada, tumbaba mi teoría del hermano albino y discapacitado de greñas apelmazadas, uñas afiladas y dientes con sarro. ¿Un tesoro? ¿Un muerto? ¿Un muestrario de fantasías sado, con camas redondas, colchones de agua y espejos en el techo? Todo, quizá, demasiado obvio. Así las cosas, me rendí y permití que mis obsesiones cinematográficas encontrasen la respuesta al enigma.
Nunca he dibujado demasiado bien, pero aquel dibujo era bueno. El trazo elegante. El tema, superior. Una virguería. La puerta de la habitación, no cabía duda, se abría hacia otra dimensión, permitiendo así los viajes a través del espacio y del tiempo. De ahí el clásico zumbido propio de esta clase de viajes que Pedro Juan confundía, ingenuamente, con el del aspirador. No se puede negar que la idea era fantástica en todos los sentidos, puesto que permitía infinidad de interpretaciones. ¡Aquello era un filón! Podría haber dibujado dinosaurios, marcianos o al Papa de Roma vestido de torero. Pero, después de darle algunas vueltas, opté por representar a Pedro Juan de espaldas, frente a la puerta abierta, con un bocadillo que señalaba su cabeza en el que se leía: "¡Oh, Dios mío, es la puerta hacia otra dimensión!". Tras el umbral, unas señoritas en bikini futurista disparaban pistolas láser. En definitiva y sin falsa modestia, se trataba de una puñetera obra maestra. El señor Pous, sin embargo, no pareció asimilar la grandeza de mi creación, por lo que tuve que conformarme con un 6'5. No así el cabrón del Lluesma Guridi, el listillo del curso, que sin pegar ni chapa sacó un 10. El Lluesma se limitó a dibujar una habitación vacía, en claroscuro. Cuando el Pous le preguntó que qué significaba aquello, el listillo cabrón le respondió: "En la habitación no había nada, señor Pous. Era una prueba que los papás de Juan Pedro le habían puesto para probar su obediencia". ¡Hay que joderse! Un 10. Todavía me escuece, y ya ha llovido.
Por cierto, habrá quien a estas alturas se pregunte cómo sé que mi profesor de dibujo no tenía la pilila corta, pero, como se suele decir en estos casos, ésa es otra historia.