La dificultad de instalar sus piezas ha impedido que su presencia fuera tan ubicua como la de otros autores. Los tubos fluorescentes que emblematizan la obra de Flavin conviven mal con otros tipos de arte. Emiten un resplandor inconfundible y tiñen de color el espacio en el que se sitúan. Las obras de Flavin sólo se llevan bien entre ellas.
La retrospectiva de Munich es la más exhaustiva hasta la fecha, incluso más que la de la National Gallery of Art de Washington, donde arrancó el tour a finales de 2004. El esmero invertido en esta producción está fuera de lo habitual. Se nota que a los alemanes les gusta este artista. Incluso en la Pinakotek der Moderne, con una trayectoria irregular hasta el momento e inaugurada hace cuatro años, esta es la primera exposición de envergadura que muestran al público. Aunque esta historia de amor entre el arte americano y los museos alemanes viene de lejos. A mitad del recorrido de la exposición se muestran unas fotos de Stephan Moses, tomadas a raíz de una exposición de arte americano en 1968 que tuvo lugar en la Haus der Kunst de la misma ciudad. Allí está Flavin departiendo con coleccionistas y otros artistas. Y por cierto, también está Joseph Beuys, zampándose un sandwich sentado en las escaleras. Curiosamente, sobre los mismos peldaños que llevaban a Hitler hasta el balcón desde el que pronunciaba sus encendidos discursos para la aristocracia de Baviera. Beuys parece esbozar una sonrisa.
El regreso de Flavin a esta ciudad es apoteósico. La retrospectiva destaca por haber reunido un gran número de las composiciones dedicadas a Vladimir Tatlin, el autor del Monumento a la Tercera Internacional.Pocas veces se pueden ver tantas de ellas juntas, emitiendo esa luz diurna y fría. Más que una declaración de afinidad formal constituyen un prólogo ideológico para el minimalismo de Flavin. Es la mística del material. De hecho, cada vez va a ser más difícil reconstruir las obras de este autor. La luz fluorescente está dejando de ser lo que fue en los 60. Cuando Flavin empezó a utilizarla era un material producto ordinario que podía comprarse en la ferretería de la esquina. Parte de su magia radicaba ahí. A partir de 1963 el minimalismo incorporó los tubos fluorescentes en su nómina de materiales emblemáticos con personalidad propia. Donald Judd, Carl Andre, Eva Hesse, Robert Morris y otros también asociaban su nombre a un material industrial específico.
Pero la suerte crítica de Flavin fue irregular. En 1967 Hilton Kramer llegó a decir de él que no era artista, sino alguien a quien le habían permitido ocupar una galería. La mayoría de críticos no podían separar la banalidad del material de la estética que impulsaba. Hubo que esperar a los años 70 para verle canonizado. Otros artistas como Donald Judd o Dan Graham fueron los que más ayudaron a establecer su reputación. Para Judd, gurú del minimalismo, Flavin era una ilustración perfecta de sus intereses. Ambos eran muy poco dados a pontificar sobre emociones. Les gustaba el arte que podía ser explicado en pocas palabras, y a poder ser, sin apelar a sentimientos. Sin embargo, nadie duda de que el éxito de Flavin reposa en la creación de vibrantes atmósferas. Trabajaba con una reducida gama de colores, pero los efectos eran sorprendentes.
Ahora su aspecto siempre flamante parece negar la historicidad del arte.
Como si antes de él no hubiera habido nada más. No obstante su lugar en la historia puede no ser muy distinto al de la pintura abstracta americana, incluyendo las versiones más decorativas. Si a menudo se sugiere que Barnett Newman cerró la puerta, Mark Rothko bajó la persiana y Frank Stella apagó la luz, en clara alusión a sus cuadros reduccionistas y casi monocromos, con Flavin bien puede decirse que él fue el que le dio de nuevo al interruptor.
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