
Entre ellos:
Un alud de tesis. El canon se prueba y se desglosa en las tesis de licenciatura, maestría y doctorado. Sin que se diga, se dividen las fundamentaciones de los prestigios en lectores demostrados (número de ediciones de los libros) y valor reconocido (número de tesis sobre la obra). Un mercado de valores un tanto errátil pero inflexible en sus términos, guía al alud de jóvenes que presentan tesis sobre Borges, Paz, García Márquez, Fuentes, Rulfo, Elena Garro, Vargas Llosa, Rosario Castellanos, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Eduardo Lizalde, Juan García Ponce, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Fernando del Paso. Luego, el cúmulo de disertaciones en torno a los consagrados («Ubicación de Macondo en el mapa literario del fin de la Guerra Fría», un tema no muy excéntrico), le concede espacio a los autores pre y postboom. Por fin se consideran igualmente legítimas las tesis sobre el novelista Mariano Azuela y sobre un narrador de las generaciones recientes (Juan Villoro, Jorge Volpi, Enrique Serna, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, Guillermo Fadanelli, Álvaro Enrigue, Carmen Boullosa, Rosa Beltrán.)
Se acepta con entusiasmo idéntico a los autores nacionales y a los latinoamericanos, y la crítica y los lectores, casi al mismo tiempo, reciben a Borges, García Márquez, Cortázar, Onetti, Lezama Lima, Cabrera Infante, Donoso, Vargas Llosa, Puig. Lo lati-noamericano equivale cada vez más a lo nacional. En este campo, influyen cada vez menos las orientaciones de la crítica literaria, y cada vez más los criterios de la vida editorial.
Se multiplican las publicaciones culturales y los diarios que aspiran a disponer de lectores significativos ya le dedican espacios importantes al arte, las humanidades y, en menor medida, a la ciencia. Se establece el nuevo modelo de la crítica para un público no necesariamente especializado: el de las notas y ensayos de The New York Review of Books, The New York Times Book Review y las publicaciones españolas.
Se inician en las universidades los trámites de la ciencia literaria, que llevan por lo común a cambios y rectificaciones periódicas en los planes de estudio, a celebrar (por «precisos y exactos») los esoterismos que no osan decir su nombre y, también, a replantear temas y textos literarios. Es el tiempo sucesivo y/o simultáneo de estructuralistas, post-estructuralistas, deconstruccionistas, teóricos de la recepción. Decaen dos «iglesias»: el marxismo y el psicoanálisis que, por otra parte, en la crítica literaria sólo disponían de fuerza tangencial. Crecen las perspectivas del feminismo o los feminismos que, por lo pronto, revalúan las escritoras olvidadas (la mayoría). Se inicia todavía con timidez la moda de los Estudios Culturales.
Declaración de guerra. Se ahondan las distancias entre el ámbito académico y el periodismo cultural. La declaración de guerra: dejan de tomarse en cuenta, para la puntuación curricular, los artículos y ensayos publicados fuera de las revistas especializadas, y por su parte los suplementos y las páginas culturales rara vez se ocupan de los productos de la academia. Abundan las acusaciones de uno y otro lado («Lo ilegible» versus «lo ramplón») pero, como siempre, el fluir de las admiraciones pasa por otro lado, por los circuitos de las recomendaciones personales y los ensayos persuasivos. Y no abundan los libros que en un primer momento consigan lectores por la intervención expresa de la crítica. En conclusión, la crítica académica no suele ser persuasiva, y la crítica periodística suele limitarse a dar cuenta de la aparición de algunos libros.
Entre 1930 y 1970 (aproximadamente) se establece el panteón de la literatura de la edad moderna en México. Allí participan los escritores «fundacionales» (reverenciados pero no demasiado leídos con la excepción de José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán), los poetas (la cumbre litúrgica) y los novelistas, proveedores oficiales de los retratos de la sociedad y de las variantes psicológicas. Luego de la fuerza consagratoria de la cultura de la Revolución y de la colección «Letras Mexicanas», la admisión en el canon es variada y depende de los elementos previsibles: la muerte (que tiene el mérito de iluminar una obra, como sucede en el caso de Jorge Ibargüengoitia); la resonancia de escritores cuya «vida legendaria» se añade a la consideración de su literatura (los casos de Salvador Novo, José Revueltas, Sergio Magaña, Jaime Sabines y Elena Garro); el reconocimiento internacional que otorga el estatus de clásico en vida (Augusto Monterroso).
Resonancias del canon. El consenso en torno al canon nunca es explícito y jamás resulta implícito. Los incluidos tienen derecho al paquete de obsequios de la República: homenajes con la presencia de altos funcionarios, calles que ostentan los nombres de los elegidos, ediciones conmemorativas, veladas luctuosas en el Palacio de Bellas Artes y, para los más afortunados, un sitio en la Rotonda de los Hombres Ilustres, donde descansan canónicamente los restos de grandes escritores del siglo XIX (Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra), y de figuras incontrovertibles del siglo XX (Alfonso Reyes, Agustín Yánez). En este proceso, la crítica reafirma y aprueba. Importa no tanto lo que se dice en contra, sino lo que no se dice a favor. A los prestigios sólo los empaña la acumulación de silencios.
Desde 1980, aproximadamente, la expansión de la industria académica es la presión tomada en cuenta para una revaloración general. Crece la montaña de voluminosas tesis doctorales, la orientación bibliográfica se orienta hacia las fuentes secundarias, se igualan las técnicas de la interpretación y del comentario, con pretensiones aceleradamente científicas. Y, en la antesala de lo canónico, se atiende a muy diversos autores con la seriedad antes sólo destinada a los clásicos.
En Real Presences, George Steiner escribe: «Hablar de cultura, el habla aculturada, las conversaciones al respecto -«¿Has leído hoy la crítica de libros?», «¿Has visto lo que estos miserables afirman del genio de Bacon y la decadencia de Henry Moore?»- llena un cierto vacío político, Divierte, tanto en el sentido de escape como de entrenamiento». Y continúa acto seguido: «En las humanidades y en las artes liberales, sin embargo, no es el periodismo stricto sensu el que se constituye en la dínamo de lo secundario. Es lo académico, y esa forma extraordinariamente influyente, aunque compleja, lo académico-periodístico. Son las universidades, los institutos de investigación, las prensas académicas, los integrantes de nuestro Bizancio». Si esto es así en los medios europeos, no sucede lo mismo en sociedades como la de México, donde a la expansión de las universidades públicas la enmarca la pobreza presupuestal, y al auge de las universidades privadas lo antecede el menosprecio por los proyectos humanistas. Aunque la movilidad cultural, todavía abierta, le resulta a muchos el sustituto de la movilidad social, ya en vías de total cancelación, el habla aculturada no sustituye en lo mínimo a la política, y el Bizancio del mundo académico sólo se percibe dentro de sus fronteras. Como sea, la expansión de la sociedad y de las universidades evita la rigidez del canon literario, y una descripción adecuada del proceso la da, inesperadamente, Juan Rulfo: «Nosotros aportamos el realismo, lo mágico son los lectores». Y ellos, a diario, aportan sus versiones del canon.
Octavio Paz, mucho antes de la distinción «nobiliaria» del Premio Nobel de Literatura, es la figura que por su propia fuerza poética y crítica establece la lectura debida, especialmente en poesía. Paz dirige dos revistas muy significativas, Plural y Vuelta, debate con la izquierda política, analiza con lucidez el socialismo real (en especial la Revolución Cubana), promueve artistas plásticos, es una presencia infatigable.
La aparición del Mercado. En la década de 1960, la industria editorial española y el círculo de influencias de la Casa de las Américas, en Cuba, promueve lo que se llama «el boom de la literatura hispanoamericana», que presenta la obra de autores de primer orden como acontecimientos culturales y sociales. El boom se acepta casi de inmediato en América Latina y a los incluidos desde el principio (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes) se agregan otros, sin el sello promocional pero con la fuerza de sus singularidades: Juan Carlos Onetti, Manuel Puig, Guillermo Cabrera Infante, José Donoso. Aparte, literaturas notables, las obras de Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Octavio Paz, Juan Rulfo. Como sea, el boom certifica el nacimiento del mercado literario con su caudal de grandes promociones, agentes, traducciones casi simultáneas en varios idiomas.
Surgen las escritoras que aportan públicos específicos: Isabel Allende, Laura Esquivel, Ángeles Mastreta, entre otras. Aparecen subgéneros narrativos como la literatura de temas gays y los thrillers. Y se sabe de manera inequívoca la condena que les espera a los autores «invendibles»: el envío a las bodegas de sus textos, el tiraje limitadísimo. La dictadura del mercado es angustiosa y, en efecto, oprime o arrincona a escritores muy valiosos, pero aún no se encuentra el modo de evitarla. Mientras las editoriales españolas son las que garantizan «el acercamiento a la globalidad» porque distribuyen en toda América Latina.

