Por Javier Ortiz
He sentido una reacción de enorme repugnancia y de profundo horror a la vista (y el oído) de las informaciones difundidas esta mañana por los grandes medios de comunicación. Parecen de acuerdo en que Sadam Husein ha acabado sus días en la horca por culpa de los muchos crímenes que cometió. Es una afirmación aberrante. Sadam Husein no ha muerto por lo que hizo de malo. Lo que hizo de malo no generó ninguna fuerza con vida propia con capacidad para llevarlo al patíbulo. Sadam Husein ha muerto porque unos hombres han decidido matarlo, con independencia de sus crímenes.
Y digo –y digo bien– «con independencia de sus crímenes» por dos razones básicas. Primera porque, si los integrantes del poder político que han ordenado la ejecución de esta sentencia fueran contrarios a la pena de muerte, habría dado igual que los crímenes de Husein hubieran sido más o menos, éstos o los otros. Y segunda porque, si la comisión de crímenes como los que se le han imputado a Sadam Husein condujera automáticamente a sus autores al cadalso, ni les cuento la cantidad de gobernantes del mundo entero que habrían terminado sus asquerosos días colgando de una soga o estarían a punto de hacerlo.
Gracias, Medka
Robert Fisk
Lo hicimos callar. El momento en que el encapuchado verdugo de Saddam jaló la palanca que abrió la trampa de la horca en Bagdad, la mañana del sábado, los secretos de Washington quedaron a salvo. El vergonzoso, excesivo y oculto poder militar que Estados Unidos y Gran Bretaña dieron a Saddam durante más de una década sigue siendo la historia terrible que nuestros presidentes y primeros ministros no quieren recordar. Ahora Saddam, quien sabía la verdadera dimensión de ese apoyo occidental que le permitió perpetrar algunas de las peores atrocidades desde la Segunda Guerra Mundial, está muerto.
Se ha ido el hombre que personalmente recibió ayuda de la CIA para destruir al Partido Comunista de Irak. Después de que llegó al poder, la inteligencia estadunidense le daba a sus serviles colaboradores la dirección en que vivían comunistas, tanto en Bagdad y como en otras ciudades, con el fin de desbaratar la influencia que tenía la Unión Soviética sobre Irak. Los mujabarats de Saddam visitaban cada hogar, arrestaban a todos sus ocupantes y luego los asesinaban. Los ahorcamientos públicos eran para los saboteadores; para los comunistas, sus esposas e hijos se reservaba un trato especial: torturas extremas antes de ser ejecutados en Abu Ghraib.


