
Algo tarde pero a tiempo, me he estampado contra éste maravilloso artículo en el NYMag. Les traduzco un poquito:
El vaso de Lilas no es una de las obras más importantes de Paul Gauguin. Es una obra de "gama media", lo que significa que cambia de manos con frecuencia por tan sólo unos cientos de miles de dólares sin levantar mucho polvo. Pero, en mayo de 2000, esta pintura demostró que todavía era capaz de volver algunas cabezas. Cuando Christie's y Sotheby's lanzaron sus catálogos para las subastas de arte moderno, descubrieron con asombro que las dos ofrecían la misma pintura -y las dos pensaban que la suya era la original.Una de las pinturas era claramente falsa. Las casas de subasta mandaron las dos pinturas a Sylvie Crussard, una experta en Gauguin del instituto Wildenstein en Paris. Las puso una junto a la otra y en pocos minutos identificó la de Christie's como la que, como se dice en el delicado argot del mercado del arte, "no estaba del todo bien". Aun así, era la mejor falsificación de Gauguin que había visto nunca. "Era un caso único de semejanza" -se maravillaba Crussard. -"Nunca se ven dos trabajos que se parezcan tanto".
Christie's transmitió la noticia a los espantados dueños en la Gallery Muse de Tokyo, que no tenían la menor idea de que fuera falsa. La pintura original volvió a Sotheby's, donde su dueño -el dealer newyorquino Ely Sakhai- la subastó con éxito por 310,000 dólares. Pero cuando el FBI siguió la pista del falso Gauguin, descubrieron algo todavía más sorprendente: la fuente original no era otra que el propio Ely Sakhai.
Como sabrán los que asistieron a las proyecciones de F for Fake, el fantástico documental de Orson Welles, durante el primer episodio de Copyfight, la falsificación de arte es una tradición antiquísima que se remonta a los principios mismos del arte occidental. Los romanos sentían tal pasión por la escultura griega que los talleres de trabajo estaban llenos de réplicas indistinguibles del original. Thomas Hoving, antiguo director del Metropolitan Museum of Art, comentó que hoy día es prácticamente imposible distinguir el original griego de la copia romana. Después los europeos copiaron a los romanos y, en la edad media, las copias de despojos de cristo y pañitos de la vírgen se multiplicaron tan milagrosamente como los trozos del muro de Berlín: cada iglesia quería tener su cosita sagrada para fomentar el turismo de peregrinación y hacer una colecta digna. El más famoso de esta guisa es el Sudario de Turín, un pañito de lino rectangular de 436 cm de largo y 110cm de ancho tejido a espina de pescado cuya única particularidad es haber envuelto el cuerpo de cristo. En el siglo XIV.
El arte en la era de la reproducción mecánica. No se les puede culpar. ¿Quién de los que me están leyendo son capaces de distinguir un original de una copia? Nos tenemos que fiar, ¿no? ¡Vaya chollo! La mayor parte del tiempo, la diferencia entre el original y la falsificación ha sido la palabra de una parte interesada, bien fuera la iglesia, un coleccionista en desgracia o un dealer newyorquino con vicios caros. ¿En qué deja eso al original? Ayer un amigo decía que, en relación con el arte, la gente se imagina millares de giocondas y las siente inmediatamente devaluadas. Sin embargo, una de las características de "lo digital" es la copia perfecta, por lo que -a diferencia del falso Gauguin- el original es indistinguible de su copia. ¿Es por tanto menos valioso? Y si no lo es, pero sus copias son copias perfectas, ¿son todas y cada una de ellas igual de valiosas que el original?
Hagamos un pequeño experimento. Cojamos cincuenta amantes del arte en una habitación con diez cuadros. Si les dijéramos que todos los cuadros son copias, les echarían un vistazo y se marcharían rápidamente. Pero si les dijéramos que todos son copias menos una, se lanzarían entusiasmados a las búsqueda del original, como si un aura mágica se desprendiera del lienzo igual que la divinidad de los santos. Y, cuando por fin reveláramos el tesoro escondido (aunque fuera una de las copias escogida al azar), todos dirían "aaaaah" y empezarían a hablar entre ellos de cómo se dieron cuenta de que aquel cuadro era "diferente" aunque no estaban del todo seguros por este detalle de aquí. Porque, por supuesto, el original es diferente. Aunque las dos casas de subastas de arte más importantes del mundo tengan que pagar a una franchute para que les diga cuál es.
La importancia del original -especialmente en el mundo del arte digital -no es el valor histórico de mirar una pieza que haya sido tocada por la gracia de un genio que murió en la miseria, ni el valor moral de poseer la pieza legítima, garantizada, la que -volviendo al delicado argot del mercado- está bien. El verdadero valor del original es que existe. Es una regla de tres simple: para que haya una copia tiene que haber un original. Una vez existe, la copia no un crímen que deriva de él sino su eco, la onda expansiva de su grandeza. Y Warhol no inventó la réplica, sólo la mecanizó.
Pero, volviendo a los dos Gauguins, y en caso de que no hayan leído el artículo que ha motivado este post, les recomiendo al menos que sigan la receta del New York Magazine para ser un falsificador de éxito: compra un Gauguin mediano. Duplícalo. Cuela los documentos originales en la copia. Vende las dos pinturas a dos coleccionistas crédulos mientras el mundo del arte mira para otro lado.


