Yo viví en la calle Rauric cuando llegué aquí. Llegas a ella desde las Ramblas, tomando la calle Ferran, la primera a la izquierda. La Rambla es un infierno. Ya lo era entonces, pero ahora más. Por qué no hacen algo útil los políticos y diseñan una Rambla falsa, una Rambla holográfica, una reproducción perfecta y la instalan en el inútil recinto del Forum y envían allí a todos los turistas? Ellos podrían seguir cenando paellas de plástico en las terrazas de la Rambla holográfica con jarras de cerveza y claveles en la mesa. Podrían hasta contratar extras para robarles la cartera en las callejuelas de cartón del gótico y devolvérselas a la salida del recinto. Estarían encantados. Y así la Rambla, de la que ha sido desterrada la gente que vive en la ciudad, podría dejar de ser ese paseo ridículo de turistas quemados por el sol.
Yo pensé que Barcelona era diferente. Que la ciudad que vivió el verano de la anarkía no podía acabar así, vendida al mejor postor.
El Raval. Echan a la gente de su barrio y lo llenan de guiris pijos con ansias de sabor latino. Construyen macro hoteles en los espacios de los que han echado previamente a sus ocupantes con las tácticas de mobbing más rastreras. Los alquileres suben y suben, mientras cuatro se enriquecen a base de especular y nadie les llama delincuentes. Los delincuentes son los que roban carteras, no los que destrozan la vida de los habitantes de una ciudad.
El 22@, qué buena idea. Un barrio como Poble Nou, que estaba lleno de espacios creativos, de talleres, de estudios de artistas, a la mierda. Can Ricart o La Makabra, desalojados impunemente. Y en La Vanguardia publican que los okupas son unos parásitos. El periodista que escribió el artículo y el editor que lo publicó nunca okuparon, obviamente. No saben que okupar no es tomar unas llaves, dar de alta la luz y hacer un viaje a Ikea. No saben qué es pasar frío, hambre y miedo, ni se han roto la espalda desescombrando, limpiando y habilitando un espacio para poder vivir y trabajar en él. Imbécil periodista.
Mientras se dedican a echar a los artistas, la ciudad se llena de festivales. Barcelona, la ciudad de los festivales. Ha llegado un punto en el que los odio a muerte. Parece que está de moda montarse un festival. Las condiciones son un chollo: contactas con cuatro pringados que las pasan jodidas para poder grabar y montar sus vídeos, porque los ordenadores no caen del cielo todavía y tampoco la comida, ni el alojamiento. No les pagas nada y el pringaó paga el dvd, los gastos de envío y hasta el flyer si me apuras. Montar festivales está muy bien!
Sólo faltaba la ley de las bicis que se han sacado de la manga. Una ciudad con un tráfico horrible, congestionada y llena de humo y ruidos. Tendrían que darle premios a los ciclistas por arriesgar sus vidas día a día en las calles. Y no. En lugar de fomentar un medio de transporte que no contamina ni ambiental ni acústicamente, tratan de hacerlo más difícil todavía. No se puede candar la bici fuera de un parking de bicis, y los cuatro que hay están a tope y rotos. Sólo se puede circular por carril bici, pero donde están? Ni en la Gran Vía se dignan a acondicionarlo, cuando a penas con cuatro duros lo podrían dejar mínimamente bien. Cuando leí en el periódico la noticia no pude evitar reírme a carcajadas. Ciudad ignorante en un país ignorante. A chillar hasta el infarto en los coches, a pitar como locos en cada atasco y a insultar a los ciclistas, a eso es a lo que aspira esta ciudad. Los ciclistas son seres malvados que se dedican a asustar abuelas en las aceras y a abandonar bicis en las farolas. Y merecen un castigo.
Yo sueño con otros lugares a los que escapar. Berlin es uno de ellos. Se perfila ante mí como el paraíso sobre la tierra, con sus carriles de bici interminables, con sus bares baratos y tranquilos, sin orangutanes chillando insultos a cualquier hora. Con su tráfico sosegado, sus alquileres bajos, sus supermercados veganos. Estoy harta del olor a frito de los bares de aquí, de las infusiones que saben a agua del vater, del machismo local, de los conductores que sacan su cabeza por la ventanilla de su coche para gritarle a no saben ni quien con las venas del cuello a punto de estallar. Hasta Castellón me parece un hermoso lugar en comparación con Barcelona.
El Forat, que tendría que ser el orgullo de la ciudad, el jardín de las delicias de Barcelona, arrebatado a sus dueños legítimos, los vecinos de la zona. Han echado a los niños, que se han quedado sin parque para jugar. Han arrancado los árboles que los vecinos han plantado año tras año, han arrasado el campo de fútbol. Qué barrio castigado el barrio de Santa Caterina. Olvidado, degradado hasta el límite, expulsados sus habitantes más indefensos y ahora ésto.Y por supuesto la prensa saca en portada cuatro manchas de pintura en el impoluto e inútil Macba, como el apoteosis. Y no habla porque no le importa, del motivo de la mani y de la cantidad de gente que salió a las calles a protestar porque el jardín en el que llevan años trabajando para salvar ese espacio de las ratas y la basura les ha sido arrebatado. Mierda de periodistas, mierda de periódicos. Lo peor es que la gente los lee y aunque todo sea mentira, esa es la verdad. La que se publica en ellos. Los periodistas son los sacerdotes de este nuevo mundo.
Se me han ido las ganas. No apuesto nada por esta ciudad. Nada. Por mí como si arde en el infierno. No tengo ganas de manis. No tengo ganas de luchar por ella, no tengo ganas de ella.
Pero toda la gente que está a mi alrededor sí. Y les veo caerse y volverse a levantar. La Makabra resucita, Can Ricart resiste, V de vivienda continua, Mambo está ahí luchando. Bicicletadas de protesta por la ley contra las bicis. El ritmo sigue, con bajadas y subidas, pero no cesa. Mi condena es que mis amigos siguen ahí y no pierden la esperanza de Barcelona. Y yo la perdí.
Ayer noche en Santa Mónica estaban todos, guapos y llenos de fuerza. La presentación de los talleres que hicimos me dejo triste. Muy triste. Una presentación aburrida y sosa, en la que no conseguimos relajarnos y hablar de verdad al público. Dijimos lo que había que decir y pusimos los videos que había que poner. En Berlin hicimos presentaciones mucho mejores, y eso que teníamos que hacerlas en inglés, que nos cuesta. Cada error sirve para mejorar y aprender, sí, pero hay que joderse. Por lo menos hoy llueve.


