En los últimos tiempos, India se está configurando como el otro gran gigante emergente del continente asiático y de la economía mundial. La mayor democracia del planeta, con unos 1.100 millones de personas, superará en población a China dentro de 25 ó 30 años. Su crecimiento económico se ha acelerado desde 2003, y actualmente supera el 8%, gracias a la demanda interna, a las exportaciones, y a la entrada de capitales extranjeros. Aunque lo que distingue a India, es que su patrón de crecimiento está basado fundamentalmente en desarrollo de los servicios, frente al modelo industrial de los tigres y dragones del sudeste asiático. Gracias al alto grado de cualificación y al dominio del inglés que tiene una parte significativa de su población, el país se está convirtiendo en un centro de desarrollo de servicios y de tecnologías de la información. Actualmente es la décima potencia económica mundial, y su economía es aproximadamente un tercio de la china, pero las previsiones indican que India podría convertirse en la tercera economía del planeta hacia el año 2035.
A pesar de sus altas tasas de crecimiento, la economía no presenta grandes desajustes macroeconómicos, salvo en el ámbito fiscal: la inflación viene rondando el 5% y el déficit por cuenta corriente, aunque aumentando, no alcanza el 3% de su PIB. Pero su talón de Aquiles, (obviando por supuesto los dramáticos niveles de pobreza y de desigualdades sociales), son sus infraestructuras. Si India quiere mantener sus ritmos de crecimientos necesitará fortísimas inversiones para mejorarlas. Y debido a que el déficit público, supera el 7% del PIB, y a que la deuda pública acumulada, ronda el 80% del PIB, resulta difícil pensar que el país podrá acometer en solitario las inversiones necesarias, lo que abre una ventana de oportunidades a las grandes constructoras españolas.


