Andre Dubus y los cánones
07-09-06 Daniel Martín
Los grandes maestros de la literatura tienen la rara virtud de convertir al lector en algo más que un simple testigo de los acontecimientos que cuentan. Shakespeare, Tolstoi, Kafka consiguen trasladarte de la silla a sus historias...
... Con ellos vives sus dramas. Da igual el género a que se dediquen. Incluso en la lectura de los relatos cortos se puede vivir esta especie de catarsis existencial. Pero, quizás confundiendo breve con escaso, en España apenas tenemos tradición en la lectura o edición de cuentos. Y así nos perdemos lo mejor de Borges, Hemingway, Cortázar, Aldecoa, Maupassant y, sobre todo, Chejov, el gran maestro del género. En Estados Unidos se publican en revistas unos tres mil cuentos cortos al año. En España, dudo que lleguemos al centenar. Y este género, además de difícil, quizás sea el más indicado para los ajetreados tiempos que vivimos, caracterizados por la constante interrupción, real o virtual.
En los países anglosajones una de las grandes fiestas editoriales anuales son las ediciones de los mejores cuentos publicados durante el año anterior. Ya sea el Premio O. Henry, las “Best American Series” o muchas otras iniciativas de todo tipo. Luego, cualquier escritor de cierta fama suele hacer su propia edición de los mejores cuentos de la historia de la literatura norteamericana. Richard Ford lo hizo en 2001, en una edición que tuvo la suerte de ver una traducción española, “Antología del cuento norteamericano”, editada por Galaxia Gutenberg. Y Joyce Carol Oates, sempiterna candidata al Nobel, hizo su selección en 1992: “The Oxford Book of American short stories”. Envidia sana la que causan estas iniciativas. Y frustración por vivir en un país incapaz de hacerlas.
Pero, curiosamente, todas estas selecciones suelen caracterizarse por incluir, con pocas diferencias, los mismos nombres, incluso los mismos relatos. Como dice Oates en el prólogo a su edición, es difícil salirse de lo establecido, y eso que ella aporta joyas diferentes de Melville, Hemingway o Twain. Pero en general todos los grandes escritores estadounidenses salen tarde o temprano en alguna de las listas. Y algunos, como los tres citados, aparecen en todas. Lo curioso es que hay uno destacado que no sale en ninguna: Andre Dubus.
Andre Dubus es un escritor de Louisiana que si alguien conoce es porque se han hecho dos películas basadas en sus relatos: “En la habitación” y “We don´t live here anymore”. Su carrera como narrador de cuentos cortos comenzó a mediados de los 70 y a lo largo de la siguiente década se convirtió en el gran maestro del género junto a Raymond Carver. Sus estilos son muy semejantes: secos, directos, brutales. Lo que más la diferencia es que Carver suele terminar sus relatos en poco más de diez páginas y Dubus, en ocasiones, se alarga un tanto más, a veces hasta llegar a la novella, porque también su estudio psicológico es mayor. Carver es un intocable en cualquier lista, quizás porque es el único capaz de acercarse a Chejov. Dubus es un ignorado, tanto en España como en su país.
Lo de España es de risa. Apenas hay un par de ediciones de cuentos de Andre Dubus de traducciones harto dudosas. En Estados Unidos no siempre es fácil encontrar sus colecciones originales de relatos. Más bien se pueden conseguir las ediciones nacidas a raíz de las películas. Y es sistemáticamente ignorado en todas esas recopilaciones a las que me he referido. Y quizás algunos de sus cuentos sean demasiado largos para antologías, o quizás el hecho de ser católico le condena en todo Occidente, o quizás no es una literatura fácil de leer, o quizás no tenga la cruda sencillez de Carver para ser apto para cualquier lector. Pero a mi entender es un grande, y sus relatos tocan unas puntos y problemas humanos raramente tratados con tanta objetividad, delicadeza y acierto. “Adultery” es uno de los relatos que mejor describen un matrimonio roto, el amor y el cáncer. Todo en un solo cuento. “The pretty girl” y “The fat girl” son dos deliciosos retratos de dos mujeres de nuestro tiempo, y el segundo sólo ocupa 15 páginas . “Delivering”, la ruptura de un matrimonio desde la perspectiva de sus dos hijos, es una joya brevísima que está a la altura del mejor Carver.
Precisamente la simultaneidad de las carreras de Carver y Dubus invita a una comparación. Es probable que los dos se influyesen mutuamente, porque entre sus respectivos estilos hay demasiadas coincidencias. Y lo curioso es que los dos, a través sobre todo del taller de la Universidad de Iowa –que nos surte de grandes escritores pero que, como “Operación Triunfo”, uniformiza en demasía–, son esenciales para entender el cuento corto de nuestros días. El relato breve es hoy Chejov, Hemingway, Carver y Dubus más que Borges o Cortázar. Pero Dubus es un desconocido, uno de esos escritores, como John Fante, Ring Lardner o Ignacio Aldecoa, que necesitan un golpe de suerte o de cine para que se les vuelva a recordar.
Y si escribo todo esto es para reflexionar sobre quién decide sobre lo que es bueno o malo. Harold Bloom en “El canon occidental” incluye a más escritores estadounidenses que de ninguna otra nación. Incluye a muchísimos, alguno de ellos no especialmente brillante. Pero es lógico siendo él de donde es. Sin embargo, se olvida de Dubus. Cada uno es libre de elegir a quien más le plazca, pero el descubrimiento que hice de Fante o de Dubus me invita a pensar que deben existir otros muchos genios que se mantienen en el anonimato fáctico. Me encantan Oates, Ford o Bloom, pero ellos cometen un pecado horrible: ningunear a Dubus, que es un maestro del relato breve. Por eso no debemos atenernos a ninguna lista, a ningún canon que, cuando había escasos libros, podían hasta tener sentido. Pero cuando el mundo es tan vas, inabarcable y disparatado como el que vivimos no podemos fiarnos de nadie ni de nada, aunque sea la selección de relatos de Oxford. Lonergan dice que vivimos en una sociedad donde todo se basa en la creencia o confianza en lo que dicen los demás: las palabras de Einstein, los libros de historia, las selecciones de Bloom, etc. Pero en el placer de la lectura o el disfrute de cualquier arte no debemos conformarnos con lo que nos dan. La búsqueda de nuevas joyas es infinita, y el placer de encontrar, muy de vez en cuando, a alguien como Andre Dubus, compensa con creces las malas lecturas. Todo es cuestión de buscar allá donde el campo es feraz.