Últimos «gatillazos» de Taylor-Wood
21-08-06 Seleccionado por: karaoke kamikaze
A la espera de que Sam Taylor-Wood concluya su próximo filme, la polémica, de la que gusta tanto la generación de los Young British Artists y, en general, el público inglés, está servida.
Por Juan Antonio Álvarez Reyes.
Still lives
Sam Taylor-Wood
Ya han aparecido en la Prensa londinense artículos a página completa sobre esta película que girará sobre el sexo, en la que hay, al parecer, escenas reales y explícitas. Es decir, nada que no se pueda ver en una peli porno. El estreno está previsto para el próximo mes de septiembre en la mismísima Tate Modern, cuyo auditorio, todo él de color rojo, resulta muy apropiado para la ocasión, y promete ríos de tinta en la prensa británica y, por extensión, en la mundial.
Para ir haciendo tiempo. Mientras, la espera puede ser mitigada con la exposición individual que el Baltic Centre of Contemporary Art de Newcastle, en el noreste de Inglaterra, ha montado sobre su producción de los últimos años. El Baltic es uno de los principales centros de arte británicos, aunque su situación a más de tres horas en tren de Londres, en una ciudad que intenta recuperarse de la crisis postindustrial, no facilita su visibilidad (a la que tampoco ayuda una poco acertada política comunicativa). Pues bien, mientras algunos se muerden las uñas ante lo que vendrá, es posible consolarse con lo que ya se puede ver, y que, conviene decirlo ya, no sólo no es para tanto, sino que resulta absolutamente blando y pretencioso: el viaje no merece la pena, o sólo para recordarnos que, con los años, Sam Taylor-Wood ha acentuado esa tendencia hacia lo extremadamente «pijo» que ya se intuía en los cinco minutos revolucionarios que presentó en la Sala Montcada de Barcelona de la mano de Rosa Martínez o en las fotos que más tarde Rafael Doctor trajo al desaparecido (al parecer, como el Guadiana) Espacio Uno de Madrid. En ambas series ya había sexo o, por lo menos, desnudos.
Inmediatamente después de la muestra de Barcelona, Sam Taylor-Wood fue seleccionada para el premio Turner (que no obtuvo) y en la exposición previa mostró Atlantic, la única pieza de los años 90 ahora presente en Newcastle y la única también que consigue mantener la tensión emocional que caracterizó lo mejor de su trabajo. Buena parte del resto, no sólo está falto de esa tensión emocional señalada, sino que transmite una ausencia de ideas preocupante.
Nada nuevo bajo el sol. Así, sus naturalezas muertas, al modo de vánitas actualizadas (sus famosos vídeos de frutas y una liebre en acelerada descomposición) no añaden nada nuevo al tema barroco, excepto cierto pintoresquismo y ser imágenes en movimiento. Tampoco sus autorretratos en saltos y posiciones inverosímiles consiguen aportar mucho al asunto de la inestabilidad del sujeto y las trampas de los programas digitales. Además, sus vídeos recientes resultan menos logrados aún que sus fotogrías. Así, Prelude in Air recibe al visitante con música de Bach interpretada por un concertista absorbido en tocar el aire, mientras que String usa y también abusa de la música clásica interpretada, con el pésimo aliciente de que la escena está coronada por una especie de ángel-contorsionista.
Pero es en el mundo del «famoseo» donde mejor se desenvuelve y consigue materializaciones más satisfactorias. En Crying Men la artista convenció a unos 27 actores famosos para que en un marco íntimo llorasen. Le costó completar la serie tres años, y el resultado fotográfico, agrupado anárquicamente en la pared, habla sobre la autenticidad de las emociones y su interpretación, además de sobre la empatía con lo conocido. Sin embargo, su obra más famosa universalmente y en la que el público se detiene más tiempo y observa con más morbo tiene como protagonista a David Beckham.
Sam Taylor-Wood fue la primera en hacer una película sobre un futbolista estrella. De más de una hora de duración, Beckham aparece durmiendo, con el torso descubierto y en actitud angelical. Según explica la artista, lo que pretendía era crear una atmósfera serena como la de una pintura antigua, con referencias visuales concretas a la escultura Noche de Miguel Ángel y al film Sleep de Andy Warhol. Aunque Beckham parece que en ciertos momentos da algún «cabezazo», el resto simula unas «posturitas» que para los que no estén seducidos por su belleza o por su fútbol, pueden llegar a ser irritantes. La empatía con el universo del futbolista-modelo es fácilmente comprensible, lo que convierte a Sam Taylor-Wood en la Victoria Beckham de los Young British Artist. Al final, el problema con esta obra y con buena parte de las demás es que resultan poco creíbles. Esperemos que esta falta de credibilidad no afecte a esa nueva película sobre sexo que está ultimando, que no sea otro gatillazo, puesto que en este tema sería ya terrible y completamente imperdonable.
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