Milton y su humano Satán
27-06-06 Daniel Martín
Desde hace un par de siglos, el hombre ha iniciado un camino de liberación. Después de centurias sometido a los designios de un Dios omnipotente e inescrutable y al poder de la religión organizada, la filosofía y las artes han conseguido derrumbar el mito para dejarnos solos en la Tierra. De saber dónde estábamos, hemos pasado a no saber nada. Lo curioso es que esta rebelión ya fue vaticinada a mediados del siglo XVII por John Milton y su “El Paraíso perdido”, un largo poema narrativo que sorprende, estremece y emociona por su enigmática cercanía.
“El Paraíso perdido” representa dos maneras de concebir al Hombre. El Adán de Milton recuerda al viejo hombre creyente sometido a la voluntad de Dios, al hombre religioso. Adán dice: “¿Es que acaso podemos rebelarnos o dejar de querer a quien nos puso, tras sacarnos del polvo, en este gozo que rebasa las ansias de los hombres?”. Frente a él, se coloca Satán, que nos parece mucho más cercano al hombre de la actualidad que nuestro primer antepasado. Milton crea una figura realmente grandiosa que antecede al superhombre de Nietzsche, una creación divina que sin embargo está dispuesta a todo para librarse del yugo de Dios. Satán reconoce y lamenta “la inmensa deuda de infinita gratitud, que nunca se termina de pagar, que siempre se debe” a Dios. Aún así, Satán, envidioso porque Dios ha engendrado al Hijo, se rebela contra Dios y se justifica diciendo “que cielo y libertad se identificasen para un ser celestial, era mi idea; pero observo que muchos, por desidia, esclavos quieren ser su vida toda”. En el siglo XVII Milton prevé la rebelión del hombre contra ese Dios que le tuvo “esclavizado” durante siglos, porque prefiere ser libre. Aún a costa de su propia salvación. O de su único consuelo.
En el largo poema de Milton, no obstante, aún más lúcida es la existencia de Satán después de su rebelión. Porque Satán, a su pesar y a semejanza del ser humano del siglo XXI, no puede evitar pensar en Dios, y a veces incluso duda y piensa en volver junto al Padre. Pero al final siempre vuelve a su actitud obstinada porque “es mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”, lo que recuerda a Marx y otros pensadores. Satán se declara libre, pero a cambio sabe que en realidad vive su propia maldición: “allá donde huyo está el Infierno; yo mismo soy el Infierno”.
Satán parece predecir dos siglos antes la angustia de Schopenhauer y Heidegger, el sentimiento trágico de Unamuno. Y por eso siempre continúa adelante porque “mucho mejor ser aniquilados que tener una vida eterna”. Satán es humano, racional, y entonces exclama, dolido: “¿Quién ama su dolor en el infierno? ¿Quién no se escaparía, si pudiera?”. Y, como el hombre del XIX, Satán es culpable de su dolor, y quiere escapar a ese dolor. La rebelión celestial, que nació por mor de la libertad, le cuesta las penas de una existencia dura, y continúa luchando contra Dios y sus creaciones a ver si es exterminado de una vez. En cierto modo analógico, recuerda lo que lleva haciendo la Humanidad desde hace unos 200 años. Libre de Dios, pero esclava de sí misma, de sus imperfecciones.
En Milton Dios es un personaje incomprensible. Por un lado, sólo se acerca a Adán en el momento de la creación. A partir de ahí, siempre se comunica con él a través de enviados, ya sean los arcángeles o su propio Hijo. Dios se mantiene al margen, y nunca se entiende muy bien por qué. Dios ha creado al hombre libre: “¿Qué elogio lograría y qué deleite podría yo obtener de esa obediencia si querer y razón (que es albedrío) fueran pasividad y obedecieran a la necesidad, no a mi mandato?”, dice Dios, en forma de pregunta retórica, a su Hijo cuando ven acercarse a Satán al paraíso y prevé lo que va pasar con la manzana, Eva y el pecado original. Dios lo sabe, pero no hace nada porque su mandato es que el hombre sea completamente libre, incluso para perderse.
Sin embargo, no se sabe muy bien si ese hombre al que se refiere es realmente Adán o a Satán, los dos libres, los dos nacidos para condenarse. Dios dice: “Libres los hice yo y habrán de serlo hasta que se esclavicen por sí mismos”. Que es lo que hicieron los hombres al matar a Dios y liberarse de la religión sobre todo a partir del siglo XIX, aunque el proceso comenzó mucho antes. Milton escribe una visión de futuro realmente grandiosa, sin duda porque conocía bien a los hombres.
Hasta tal punto, que sólo en el palacio de Satán en el infierno, el Pandemonium, Milton desmarca a los demonios de los hombres, porque “de entre todos los seres racionales, pese a la esperanza de la gracia divina, sólo ellos no se entienden; y aunque el Señor la paz va proclamando, ellos vienen con odio, hostilidades y combates sin paz; guerras entablan que la tierra devastan, persiguiendo la mutua destrucción; como si el hombre (y eso debería unirnos) no tuviera su enemigo en el infierno, tratando de perderle día y noche”. En este sentido, los demonios son superiores al hombre. Aman la guerra, pero nunca con los de su propia especie.
El hombre romperá con Dios después de Milton, y el mal se considerará desde entonces para siempre algo humano, no infernal. Y sin Dios, el único sustento ético que sostenía a Occidente se vino abajo. Y sin Satán y sus tentaciones, sin un infierno, el hombre no tiene ningún límite para sus acciones. O eso parece., porque leyendo ahora este texto uno se siente más cercano a Satán, hermano del Diablo, y no de ese pánfilo de Adán que se deja engañar como un pobre supersticioso, como un ser del pasado ya casi olvidado.
Aunque, para terminar, resulta curioso que Milton ya prevea a dónde llegará el hombre cuando se libre del yugo de Dios. Al principio del libro, los demonios, perdidos y confundidos en el infierno, se reúnen y “discuten sobre el bien, la última pena, la ventura y el mal; nada concluyen; hablan de la pasión y la apatía, la gloria y el pudor: es vana ciencia, falaz filosofía. Pero logran aliviar por un tiempo sus dolores o sus ansias y angustias...”. Que, en cierto modo, es lo que llevamos haciendo desde que nos liberamos de la idea de Dios y de la Religión.