Joris-Karl Huysmans * Cornelis Bega
22-05-06 Sugerido por / Suggested by: Jorge Diezma
* Jesse Bransford, Head (J. K. Huysmans), 2004, 9.5x12.5", Acrylic and graphite on paper.
En los primeros días del mes de febrero de 1620, nació en Haarlem, del matrimonio de Cornelis Bejín, tallista, con Marie Cornelisz, su esposa, un hijo varón, que recibió el nombre de Cornelis.
No os diré si dicho niño berreó de manera lamentable, si fue revoltoso o pacífico, lo ignoro; poco os importa además y a mi tampoco; lo único que sé es que, a la edad de dieciocho años, dio muestras de una afición desmedida por las artes, las mujeres rollizas y las grandes jarras de cerveza.
El viejo Bejín y el padre de su esposa, el célebre pintor Cornelisz van Haarlem, favorecieron la primera de estas inclinaciones y lucharon en vano contra las otras dos.
Marie Cornelisz, que era una mujer devota y relacionada con la sociedad de abades y frailes, intentó, por mediación de aquellos reverendos personajes, llevar a su hijo por una senda mejor. Fue tiempo perdido. Cornelis era más apto para gritar: “¡Venga!, ¡a mi, compañeros, bebamos este morapio!, ¡Guillemette la pelirroja, mostradnos vuestras blancas teticas!”, que para mascullar con voz santurrona padrenuestros u oraciones.
Amenazas, golpes, ruegos, todo fue inútil. En cuanto veía la saya de una fulana, ciñéndose con bellos plieges a lo largo de sus anchas caderas, se le iba el santo al cielo y corría tras ella, dejando pinceles y paleta, tarro de gres y jarra de estaño. Aunque le apasionaban la pintura y las borracheras, y admiraba más que nadie las obras maestras de Rembrandt y Hals y la magnífica disposición de toneles y barricas bien panzudas, estaba más prendado aún de labios sedosos y sonrosados, de hombros carnosos y blancos como las nevadillas que crecen en primavera.
En fin, fuera como fuese, esperando que la sensatez llegaría con la edad y que el amor al arte dominaría aquellas deplorables pasiones, su padre hizo que lo admitieran en el taller de Van Ostade. Cornelis no podía hallar mejor maestro, pero tampoco podía hallar compañeros más dispuestos a correr al horno de poya y a beber con las galesas y otras apasionadas mujerzuelas, que sus compañeros de estudios, Dusart, Goebauw, Musscher y los demás.
Su jovialidad y sus modales francos les gustaron desde el primer momento yy, para festejar su bienvenida, se entregaron a tales francachelas que la ciudad entera se escandalizó.
Furioso al ver pasear su nombre por los lugares más infamantes de Haarlem, el viejo Begym impidió a su hijo que lo llevara y lo expulsó de casa.
Cornelis permaneció durante un instante fuera de lugar y desconcertado. Luego, de un puñetazo, se caló el chambergo y se fue a la taberna de El Acebo Verde, donde se reunía la alegre cofradía de los bebedores.
-A lo hecho, pecho- clamó con su voz de caramillo agudo el pintor Dusart, cuando conoció el contratiempo de su amigo-. Ya que tu padre te prohibe llevar su nombre, vamos a bautizarte. ¿Quieres llamarte Bega?
-Sea- dijo el mozo -. Y, además, quiero hacer ilustre este nombre; a partir de hoy renuncio a los garitos y a las comilonas desenfrenadas. Voy a trabajar.
Una inmensa risotada llenó la taberna.
-Desbarras- gritaron sus amigos-. ¿Acaso no bebe Ostade? ¿El gran Hals no es un borracho perdido? ¿No apura Brauwer todas las noches hasta la última gota de cerveza de cuantas pintas se le echen?, ¿le impide esto ser un genio? ¿No? Pues haz como ellos: trabaja, pero bebe.
-¿Esas tenemos?- dijo Marion la gorda, que se plantó frente a Cornelis- ¿Quién no besará más las buenas mejillas de su Marion?
-¡Válgame Dios! ¡Qué sí!, ¡que siempre querré besarlas!- replicó el mancebo, que besó los grandes ojos color naranja de su amante y olvidó sus buenas resoluciones contanta presteza como las había tomado.
-¡Que lo bauticen!- gritaba el pintor Musscher, encaramado en un tonel-. Hostelero, venga tu cerveza más fuerte, tu ginebra más picante, que vamos a mojar, no la cabeza, sino, como conviene a honrados bebedores, el gaznate del neófito.
El hostelero no se lo hizo repetir; acarreó con la ayuda de sus mozos una gran barrica de cerveza, y Bega, flanqueado de un lado por su padrino Dusart y, del otro por su madrina Marion la gorda, avanzó desde el fondo de la sala hasta la pila bautismal, o sea hasta la cuba, donde lo esperaba el hostelero, ejerciendo la función de sumo sacerdote.
Plantado sobre sus cortas piernas macizas, haciendo girar sus ojos verdosos como jade, frotándose con la manga la exigua nariz lupina que relucía como protuberancia de cobre, barriendo con su ancha lengua sus gruesos labios húmedos, aquel honorable personaje se lanzó sin vacilar a las espirales de un largo discurso que tendía nada menos que a demostrar la influencia benéfica de la cerveza y del skidam sobre el cerebro de los artistas en general y sobre el de los pintores en particular. Prolongados aplausos ritmaron los periodos del orador y, después de una cálida alocución de la madrina que ritmó ella misma, con resonantes besos aplicados a las mejillas de Cornelis y con azaroso calderones, las frases floreadas de su discurso, empezó el desfile con los acentos armoniosos de un violín gemebundo y de una zampoña chirriante.
Durante un año, Bega siguió llevando una vida alegre con sus compañeros;lo malo fue que no tenía el temperamento de Brauwer, cuyo luminoso genio resistió a los más locos excesos. No tardó en producirse el agotamiento; por más que hiciera, por más que se las ingeniara en crear, lo suyo era como Ostade rebajado; aguaba la cerveza fuerte del viejo maestro.
Rompió sus pinceles de rabia. Hastiado, harto de sus amigos, desdeñoso de las mujerzuelas, reconocía por fin que una querida es una enemiga y que, cuantos más sacrificios se hacen por ella, menos lo agradece; se aisló de todas y de todos y vivió en la soledad más absoluta.
Su melancolía se acrecentó con ello, y, una noche, más triste y cansado que nunca, decidió a acabar con todo y se encaminó. Hacia el río. Seguía la orilla y miraba, temblando, el agua que bullía bajo los arcos del puente. Iba a tomar impulso y saltar cuando oyó detrás suyo un profundo suspiro, y, volviéndose, se encontró cara a cara con una joven que lloraba. Le preguntó la causa de sus lágrimas y, a sus instancias y a sus ruegos, la joven acabó confesándole que, cansada de soportar las brutalidades de su familia, había venido al río con intención de arrojarse a él.
Su desdicha común acercó a aquellos dos infortunados y se consolaron el uno al otro. Bega estaba desconocido. Aquel hombre que un mes antes era presa de lacerantes angustias, de inexorables remordimientos, aprendió a disfrutar por fin de las tranquilas delicias de una vida reposada. Para colmo de felicidad, se reanimó su talento al mismo tiempo que su juventud, y de aquella época datan sus mejores lienzos.
Todo le sonreía a la joven pareja, honores y dinero se decidían a venir por fin, xuando de pronto se declaró la peste en Haarlem.
La pobre muchacha cayó enferma. Bega se instaló a su cabecera y no la abandonó. La muerte estaba próxima. Bega quiso arrojarse en brazos de su amada, estrecharla contra su pecho, respirar el aliento de su boca, morir sobre su seno; sus amigos se lo impidieron. “¡Quiero morir con ella! –gritaba- ¡Quiero morir!” Suplicó a los que lo sujetaban que lo dejaran libre. “Os juro- les dijo –que no me acercaré.” Tomó entonces un bastón, puso uno de sus extremos en la boca de la moribunda y le suplicó que lo besase. Ella sonrió tristemente y obedeció; tres veces rozó el bastón con sus labios; entonces él lo llevó con viveza a los suyos y los pegó furiosamente al lugar que la joven había besado.
Hubraken, que refiere este hecho, añade que, loco de dolor, Bega contrajo la peste y expiró a los pocos días.